CRITERIOS Con Pablo Medina Carrasco

A las madres de Venezuela en su día

Mañana, segundo domingo de mayo, se celebra en Venezuela el Día de las Madres. Utilizo este lazo que nos une para desearle a todas las madres que me siguen, pero muy en especial a las madres venezolanas,
un feliz día.

Muchas, muchísimas madres en mi país no tendrán en sus mesas del mediodía de mañana a alguno de sus hijos consigo. Entrampados en un desangramiento que ha producido una estampida humana que ha esparcido a más de 8 millones de seres humanos por medio mundo, es inevitable creer que en todas y cada una nuestras familias que están adentro, haya al menos uno o dos hijos que no compartirán mañana
con sus mamás. Uno o varios hijos mañana estarán ausentes.

Y esto no es la canción de Néstor Zavarce. Esto son vidas desgarradas por la distancia, la imposibilidad de un abrazo, de un beso de verdad estropeado por las lejanías, y de unas “bendiciones” en carne y hueso
como nos acostumbraron a pedir y a recibir desde que empezamos a hablar.

También muchas, muchísimas, mujeres venezolanas mañana estarán solas. Muchas dejaron atrás a sus niños al cuidado de los abuelos, mientras trabajan para que ellos y sus viejos tengan comida y cubran sus gastos en un país con una inflación salvaje y unos salarios y pensiones de hambre. Un país sin empleos,
con un espantoso fango de miseria por todos lados, que funciona en buena medida gracias a nuestras
mujeres de acero templado que, aun desde la distancia, levantan a sus hijos solas, sin otro padre que
ellas mismas, y trabajando sin cesar.

Y también habrá muchos como yo, que ni siquiera tendremos el consuelo de una llamada por WhatsApp a la vieja. Mi madre, que murió este año, se fue de este mundo sin que yo me hubiese podido despedir de ella con un abrazo; uno solo, uno apenas, parecido a los miles y miles que tantas veces ella me dio a lo
largo de toda mi vida.

La muerte, que no sabe ni de política ni de los rufianes que han creado estas enormes zanjas de distancia, tampoco muestra piedad alguna sobre aquellos que dejamos atrás a Venezuela, nuestros gustos y sabores, y a nuestros afectos más preciados y queridos, como los de una madre.

Todo esto es parte de la deuda humana que estos miserables del siglo XXI han contraído con un pueblo bueno, que en algún momento, quiera Dios que muy pronto, nos la empiecen a pagar.

Por eso Venezuela: ¡No te sigas dejando joder! ¡Vamos a ponerle fin a esta VAINA!

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