Opinión

El Estado totalitario (La máquina del mal)

Orlando Peña / Venezuela RED Informativa.us

La triste verdad del asunto es que la mayor parte del mal lo hacen personas que nunca se decidieron a ser o hacer el mal o el bien / Hannah Arent

El totalitarismo puede ser declarado como sinónimo de socialismo, nazismo, comunismo, dictadura, fascismo, estalinismo, fidelismo, tiranía y muchos otros vocablos que, como estos, están asociados a la crueldad. Consiste en degradar a las personas en todas las circunstancias de su vida, consideradas como objetos desechables, cambiándolas por el dominio total de un Estado terrorista que aniquila la sociedad, la política y el pensamiento político. El Estado total se transforma en una entidad violenta, opresora, en la representación endemoniada del mal que se ejerce sobre el espíritu individual y social, la cual considera la maldad como expresión del bien y al bien como manifestación del mal. La intención fundamental del totalitarismo es adueñarse del poder perpetuamente y crear una organización criminal fascista que domine la nación mediante un Estado-máquina fabricante del mal: muerte, hambre, secuestro, tortura, desprecio por la vida, robar, humillar, destruir la educación, a la familia, suprimir la salud, subdesarrollo, miseria, destrucción de la producción de bienes y servicios, cambiar los valores vitales por la degradación moral y una larga lista de infames acciones que superan al mismo infierno.

El neototalitarismo del siglo XXI, amparado en la fábula de una patria imaginaria, en la mentira y la manipulación, ha implementado una nueva forma de fascismo criminal, espejo de su propia bajeza: la creación de leyes que ocultan las armas de represión y barbarie de los conductores de un Estado abusivo que tiene un objetivo clave: anular la capacidad de pensamiento y eliminar cualquier asomo de libertad o convivencia democrática, a pesar de ser ésta el valor ciudadano más trascendental que la Grecia clásica aportó a la humanidad hace unos dos mil trescientos años.

La élite totalitaria utiliza las leyes maquinalmente como escudos que proyectan sus mecanismos sicológicos de defensa para aplicarles terror a los ciudadanos, ocultar el encadenamiento total de su maldad, no hacerse responsable de su comportamiento inaceptable, de la culpa de sus delitos. Acusan a los otros de sus malas acciones y de los actos crueles que cometen, y se niegan a ver en ellos mismos su responsabilidad incriminando a terceros para hacerlos sentir culpables. Por ello convierten las leyes en herramientas de su propia maldad, donde ya están registradas las condenas anticipadas de sus adversarios e incondicionales. Es como si dijeran: el Estado totalitario, violento, soy yo, estoy por encima de todo, yo ejecuto el delito, soy el delincuente, pero tú asumes la culpa de mis actos criminales, pagas mi condena porque yo soy la ley, la máquina demoledora de vida.

Ya hoy no es difícil determinar que el totalitarismo se oculta en la misma democracia y nace de ella. Cuando los falsos políticos plantean la unión de un partido único con el pueblo, la masa, las milicias, los colectivos, la furia del mal, el gobierno y el Estado criminal, se advierte el nacimiento del fascismo. El uso de los términos “masa”, “pueblo”, implica el desprecio del totalitarismo por los ciudadanos, que impone la estructura de poder del Estado total cuya presencia implica la negación de los otros, del contrario, de los antagonistas. Para el fascismo, el Estado totalitario está por encima de la voluntad de las personas. En su afán de imponer la dominación y la unidad totalitaria, el fascismo disuelve el pensamiento político y el Estado deja de pertenecer a los ciudadanos quienes pasan a ser sumisos, convertidos en seres banales e insignificantes, mansas ovejas sometidas, obedientes y dependientes del Estado invasor. Además, se apodera de la política y del monopolio de los partidos. Convierte a las masas en masificación de la sociedad que es la desintegración de la vida social y espiritual. Lo que se denomina pueblo o masa crea su propio Frankenstein, su verdugo fascista que aniquila su libertad política y asesina su condición ciudadana. El trastorno mental de los fascistas, ocasionado por su sicopatía, les hace creerse poseedores de la verdad absoluta. La masa es cómplice de la creación de sus demonios.

La estrategia ideal de dominio y organización del totalitarismo es la masificación, constituida por el hombre-masa como lo señaló Hannah Arendt en su obra Los orígenes del totalitarismo. De las masas brota la erupción venenosa corrosiva de toda la maldad generalizada usada por el fascismo para destruir la sociedad. Las masas sólo son cantidad, número, inconsciencia, irracionalidad, agrupaciones colectivas anónimas mediocres, de consciencia amorfa, analfabetas intelectuales y laborales, indiferentes, carentes de aspiraciones sublimes y de beneficios comunes trascendentales, sin ideas ni formación, que solo buscan resolver sus necesidades biológicas instintivas primarias. Con la masificación el fascismo despersonaliza a los ciudadanos, los convierte en autómatas, como los robots que en el siglo XXI utilizan la inteligencia artificial. De hecho, actualmente, algunos Führer fascistas de la rama socialista han mostrado orgullosamente en los medios a estos androides dándoles órdenes, en cuyas respuestas grabadas en su disco duro repiten descaradamente una infinita estela de mentiras como ellos, recordándoles a los ciudadanos que su destino es y continuará siendo igual al de estos. Otros fascistas, acorralados tras las rejas del infierno, victimarios intelectuales, demonios de ideas torcidas, desde los medios propiedad de la nación, les anuncian la muerte física a sus víctimas que representan una amenaza del fin de su poder totalitario.

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