El hombre práctico

Alfredo Rafael Mosqueda L.* / Venezuela RED Informativa.us
La llegada de este mundo globalizado o de fronteras cibernéticamente abiertas, nos ofrece la irrepetible oportunidad de dejar atrás la insana costumbre de rendirle culto al hombre práctico, éste es un amante de la repetición y ésta última una férrea enemiga de la innovación. Estamos frente a un sujeto, no sólo un brillante hacedor de presente aferrado al pasado, sino también dominado por la incapacidad de analizar el futuro. Aún no intuye que la preparación cultural está en otros tiempos. Se maneja de modo persistente con el cálculo paramétrico puro, ese que llevamos fijado en nuestra oxidada estructura de pensamiento, contrario al cálculo interactivo de «yo y el otro» de Clausewitz, donde la incertidumbre se presenta como una variable terriblemente indescifrable.
Es un individuo que no cambia fácilmente, una vez que conoce un modelo de formular los problemas y de reaccionar ante ellos, lo suele usar obstinadamente. Esta es la curiosa razón por la cual el tan elogiado hombre práctico, sólo será un profesional por actividad o el comportamiento de sus acciones, no por capital cognitivo o esa acumulación de conocimientos académicos que se abrevia en la curva de aprendizaje, y como dispone de poca teoría y mucha práctica frustrante, siempre estará detrás de lo que está hecho, de las mundanas imitaciones, nunca de las nuevas ideas y por no saber desconstruir sus hábitos emocionales, se condena eternamente a ser sorprendido por los indetenibles cambios de un voraginoso mundo digital, ahora guiado por una inteligencia artificial.
Con respecto al tan controvertido tema, Bertrand Russell sentenciaba con suficiente determinación, lo siguiente; «Yo defino al hombre práctico como aquel que nada sabe hacer en la práctica». Por lo que se debe fundamentar que lo que se cuestiona en este contexto de la practicidad, no es el profundo sentido práctico que tienen las cosas, lo rechazable en sí, es el bajar el nivel teórico del lenguaje al momento de definir o explicar esas cosas. Porque la única pretensión es que el contenido no pierda su retórico estatus, debido a que en el instante que se bastardea el instrumento lingüístico, desemboca en una crisis terminológica que genera de manera natural una desfavorable desconexión, entre la perspectiva y expectativa de lo que observamos y deseamos. Me apoyo sin dudarlo y casi por instinto en el indiscutible apotegma del filósofo del lenguaje, John Searle: «Nuestro concepto de la realidad depende de nuestras categorías lingüísticas», pero las brumas mentales del hombre como actor social, no le permiten entender que para procesar los cambios paradigmáticos, no se trata de adquirir nuevos conocimientos, sino desprenderse de los que ya tiene.
Este agente social, de igual forma desconoce que la experiencia sensible es un recurso epistémico generalmente desactualizado, por ser uno de los elementos del positivismo lógico como antigua corriente de pensamiento, instrucción que tiende a confundirse con razonamiento analítico. De esa condición humana se desprende el arraigado vicio positivista de andar congelando el vocabulario, actores, escenarios y circunstancias, donde la manera más sencilla de hacerlo es declarar sinónimo las nuevas realidades que van apareciendo en este mundo tan dinámico e inestable. Tampoco tiene consciencia que sólo poseemos lo que logramos entender, es la genuina inquietud, por la que nos molestamos cuando no podemos categorizar las cosas nuevas. El tan ignorado «Complejo de Procusto» aplicado a planificación estratégica situacional -PES-, como teoría general de la acción política: Consiste en que si no podemos resolver un problema real y generacional, a partir de él, inventamos otro que pueda ser «resuelto» con nuestros antiguos paradigmas, aun cuando se esté consciente de no estar resolviendo nada; así como Procusto usaba su espada o correas para ajustar a las víctimas al tamaño de su lecho, -El lecho de Procusto- Es como aspirar a que todo lo que enfrentamos se acomode a nuestra imitada forma de pensar y conocer. A propósito de este síndrome, los griegos sabios perspicaces
cristalizaron una brillante idea: «El instrumento científico debe adecuarse al objeto y no al revés», traducido; son nuestros paradigmas que deben ajustarse al ritmo propio de estas convulsas y desconcertantes sociedades, y no a la inversa, pero la esencia del hombre es del tamaño de lo que conoce, no puede ir más allá.
Finalizo mi extendida narrativa, aclarando que el anterior texto cuestiona la posición del hombre práctico, pero en ningún fragmento del contexto pretende exaltar al hombre teórico, sino que optando por la simplicidad del sentido común, lo que se invoca es a no romper con la conexión que debe coexistir entre estas herramientas en el campo del conocimiento, como son la teoría-práctica; por el particular motivo, que ésta sin aquella, pierde todo el rigor técnico que necesitan las investigaciones tanto académicas como científicas. Sin embargo, el mayor obstáculo con que debe lidiar el hombre práctico, es el exceso de confianza en sí mismo que lo inclina a presumir que lo sabe todo. Quedando trepado y sin escape en un invasivo cambio de época, no en una simple época de cambios.
Dejo una pregunta partida el dos; ¿podrá un ingeniero solo con la experiencia positivista construir un novedoso cohete espacial? ¿O un dirigente partidista de pensamientos convencionales y sin ningún tipo de juicio estratégico, enfrentar estas superestructuras delincuenciales del milenio con fachada de sistema político?
*Abogado
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