Opinión

El lenguaje en la quinta República

Orlando Peña / Venezuela RED Informativa.us

No hay un hecho más dañino que emplear la lengua para imponer una ideología política con el propósito de encubrir las verdades, falsear la realidad, generalizar un pensamiento único, acorralar la capacidad de pensar de la gente, desdibujar su identidad, crear resentimiento, instaurar una “revolución” de palabras vacías y no de obras históricas concretas. En el caso de nuestro país el gobierno ha usado el lenguaje como una forma de dominación. Las consecuencias de este grave mal han sido demoledoras. No solo ha deteriorado el lenguaje con el uso interminable de eufemismos tergiversados, palabras llenas de violencia, desprovistas de contenido, insultos, vulgaridades, sino que también revela el analfabetismo funcional y el bajo nivel de cultura lingüística que poseen los que ostentan el poder.  

Los políticos que no conocen el lenguaje porque no saben leer ni escribir, no tienen consciencia del daño que ocasionan. Pronuncian o escriben cualquier disparate con total normalidad. Es, como decía el maestro Pedro Salinas, un inválido espiritual, “vive pobremente” y es un mal ejemplo para los ciudadanos de su país, en particular para los jóvenes que se están formando. ¿Cómo es eso que un individuo, sobre todo si ejerce un cargo de alta jerarquía, por desconocimiento de la lengua se atreva a violentar el uso correcto de las palabras? O pretenda imponer “palabras” que por su inconsciente ignorancia desconozca que son incorrectas. 

Los ejemplos de falseamiento del lenguaje en el ámbito político venezolano de los últimos 25 años son alarmantes. Uno de ellos es el uso del género de palabras que ha sido adulterado en diversas ocasiones y continúa en el presente. Lo mismo se presenta en la constitución venezolana, donde hay un uso exagerado e incorrecto del género. El genérico del masculino es para designar a todos los individuos de una especie o clase sin necesidad de usar también el femenino. 

El género femenino se aplica cuando es inevitable diferenciarlo del masculino. El uso excesivo del masculino y el femenino enredan la redacción del texto y su comprensión. Generalmente quien así lo hace es con otras intenciones o por desconocimiento del lenguaje. Muchas veces por utilizar mal el género la persona es víctima de su propia ridiculez. Se emplea el género masculino no por ser opuesto al femenino. Independientemente de que la cantidad de individuos de sexo femenino sea mayor, el empleo correcto es el masculino. Todos los empleados (sería innecesario decir y empleadas) salieron de vacaciones. Igualmente hay palabras de género femenino que incluye al masculino: gente, persona. Hay mucha (s) gente, persona(s), cuyas oraciones incluyen los dos géneros sin que haya confusión. 

La lista de la aplicación errónea del género en la constitución es larga: ciudadano o ciudadana, reo o rea, venezolanos y venezolanas, diputados o diputadas, funcionario o funcionaria, ministros o ministras, gobernadores o gobernadoras, alcaldes o alcaldesas, electores o electoras, niños, niñas y adolescentes, patrono o patrona, magistrados o magistradas, jueces o juezas, Defensor o Defensora, etc. Simplemente con usar el masculino en este contexto era lo procedente. El uso del masculino no desestima la presencia de la mujer. No es necesario alterar el lenguaje para reconocer la trascendencia y el valor de la mujer en la vida humana, sobre todo en Venezuela. Ni tampoco se busca imponer el machismo.

Los malos políticos no poseen lenguaje. Cuando dan un discurso gritan y tiran puños al aire como hacía Cantinflas en las películas donde los imitaba. Al hablar revelan su lenguaje y su formación. Muchas veces resaltan una palabra para desnaturalizar, engañar, demostrar que “tienen cultura”, y dicen libra por libro, bachillera por bachiller, telescopio por estetoscopio, estudianta por estudiante, penes por panes, la Torá por el Tarot, millonas por millones, estados Cumaná, Margarita y Barcelona o aplican eufemismos como milicias, economía comunal,  guardia del pueblo, colectivos, poder popular, parásito, gobierno de calle, felicidad social, aldeas universitarias, escuálidos, fascistas, Chucky, apátridas, chillan como cochinos, golpistas, majunches, para insultar y enajenar a los ciudadanos, crear antagonismo social. Lo lamentable es que hay personas que repiten este lenguaje como si fuese un chiste pero están contribuyendo a la degradación de la lengua. La intención del poder consiste en implantar un falso lenguaje que oculta la realidad y crear una realidad artificial, a favor de sus intereses políticos para destruir el país y apoderarse de sus riquezas. 

Poco a poco la imposición incorrecta de los vocablos genéricos, los eufemismos, la confusión del sentido de las palabras, en Venezuela por los que tienen el poder y el control de los medios de comunicación, ha ido socavando el buen uso de la lengua y de algún modo ha destruido la labor que la educación, con muchas fallas también, realiza para que los estudiantes preserven el buen uso del lenguaje. La lengua posee mecanismos de creación de nuevas palabras que facilitan su desarrollo impulsado por los hablantes sin necesidad de violentar su uso. No vaya a ser que por la desnaturalización de la lengua que padece la nación suceda como al latín vulgar que sólo terminó hablándolo un grupo elitesco de la iglesia, que el pueblo no entendía, y como rebelión los hablantes crearon siete lenguas romances o neolatinas.

¡Qué falta hacen maestros como Ángel Rosenblat! Seguramente Dios lo tiene como el ángel de las buenas y bellas palabras. Estudio tanto la lengua castellana a través de su historia que llegó a la conclusión de que Venezuela era uno de los países donde mejor se hablaba el castellano. Era la década de los setenta del siglo XX cuando publicó sus trabajos sobre la lengua viva hablada en el país. A continuación cito las brillantes palabras del maestro Rosenblat A. (1982):  

El que maneje el castellano solo por los diccionarios y las gramáticas puede llevarse sorpresas. Pero el que conozca el habla familiar y popular de otras partes de América, o el castellano hablado en Madrid o en Sevilla, se sentirá en casa propia. Porque en Venezuela se habla una variedad dignísima del castellano. A cada paso sorprende, en el habla familiar, la extraordinaria riqueza de giros, de comparaciones ingeniosas, de expresiones pintorescas y metafóricas, la imaginería verbal, la profusión de matices. Y la prensa y la literatura presentan en general un castellano que puede parangonarse en dignidad y belleza con el de cualquier país de América. Un castellano que ha dado una nota muy alta y original en el cuento, en la novela y en la poesía. (pág. 23)

El testimonio de Ángel Rosenblat debe llamarnos a una profunda reflexión sobre el deterioro que padece la lengua en Venezuela en estos momentos. Sobre todo a los periodistas, los escritores, los medios de comunicación, los docentes, en especial los que dan clases de castellano, les corresponde tomar consciencia en torno a esta tragedia. Es perentorio denunciar esta alarmante situación que representa una amenaza para la cultura, la sociedad, la comunicación y lengua castellana.

Bibliografía

Rosenblat A. (1982).  Buenas y malas palabras. Tomo I. Madrid: Edime Organización Gráfica, S.A.

Ojp5@hotmail.com

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