El Personaje de VRI

El maravilloso arte de fluir de la cantante venezolana Gioconda Salcedo

Alexander Arredondo / Venezuela RED Informativa.us

Puede parecer retórico asegurar que el arte en todos sus géneros requiere una sensibilidad distinta, una percepción diferente que impone esa búsqueda personal de lo bello y lo sublime, no es una condición común ni frecuente entre los mortales, al contrario, es inusual y muy singular, por eso quienes deciden asumir alguna disciplina artística como forma de vida siempre destacan en su entorno y se hacen insustituibles y relevantes. Es el caso de nuestra entrevistada de la semana, la destacada cantante venezolana y profesora de canto Gioconda Salcedo.

La profe Gioconda nos recibe con esa calidez y dulzura que la caracterizan, lo cual de entrada de por sí genera una atmósfera propicia para una conversación distendida y a la par íntima. Su bello tono de voz envuelve el ambiente sin proponérselo, es toda una experiencia…

-¿Quién descubrió su potencial para el canto?
-Las monjas del colegio descubren mi voz de niña. Me encantaba interpretar, de adolescente me sentía muy interesada por la parte espiritual, y le daba rienda suelta cantando. De hecho, existe un momento definitivo en aquella época: Uno de mis hermanos llevó a casa un disco de óperas de Mozart. ¡Quedé hechizada! Ponía el disco a todo volumen y lo disfrutaba inmensamente. Por aquel tiempo también me encontré con el famoso libro de Conny Méndez, sus ideas me influenciaron muchísimo. De alguna manera toda esa amalgama de conceptos modeló mi pensamiento. Para mí cantar era el norte de mi vida.

-Cuando se tiene una vocación, lo demás viene por añadidura…
-Sí, pero existía un pequeño gran problema: mi voz tenía muchos defectos vocales. Yo cantaba en el ámbito familiar, para mi círculo de amistades, iba a festivales, pero igual no destacaba, había algo que yo no notaba, hasta que me topé con un pianista que se atrevió a decirme la verdad en un ensayo: “Tienes una voz muy linda, pero debes estudiar”.

-En esa encrucijada de querer cantar y tener que educar su voz, ¿cómo aparece en su vida la figura del maestro Carlos Almenar Otero?
-Él estaba de visita en Barquisimeto, donde yo vivía con mi familia. En principio se conoce con una prima mía. Le comenta a ella que se dedica a la música. Ella a su vez le dice que tiene una prima a quien le gusta cantar. De alguna manera ella se las ingenia para ponernos en contacto. Él le da su tarjeta. Pero ocurre un enredo: ella no leyó bien el nombre y me dice que “Aldemaro Romero quiere oírme cantar”. Yo me emocioné, imagínate, iba a conocer a Aldemaro Romero… Pero antes de que se diera el encuentro finalmente ella lee bien la tarjeta y me aclara que el señor se llama Carlos Almenar Otero. Me voy a una tienda de discos, y me doy cuenta de que es un cantante profesional que ya ha hecho varias grabaciones. Me armé de valor y lo contacté por teléfono, él apenas me contestó: “Yo te llamo”. Pasaron tres meses hasta que por fin se dio la cita. Inmediatamente se percató de mi entusiasmo por cantar, de lo interesada que estaba, pero también detectó los problemas, y me propone que renuncie a cantar y que me dedique a estudiar si quería ser una profesional del canto. Entonces me llevó adonde él había educado su voz, me pasé tres años estudiando en Alemania.

UNA HISTORIA DE AMOR Y UNA CARRERA EXITOSA

Carlos Almenar Otero fue un gran cantante lírico venezolano. Recorrió con su arte Europa, Estados Unidos y Japón. Grabó más de sesenta discos y en las décadas de los 80 y 90 cosechó mucho éxito como jurado del popular programa de TV “¿Cuánto vale el show?”, animado por el recordado Guillermo “Fantástico” González. En ese espacio dictó verdadera cátedra sobre interpretación y cuidado de la voz. El maestro asumió su papel al evaluar a los aspirantes del “talent” no como simple entretenimiento, sino como una manera de transmitir cultura a la multitudinaria audiencia que este programa registraba semana a semana. Falleció a los 92 años en la ciudad de Miami el 7 de agosto de 2018.

Muy pronto el reputado tenor se enamoró de su pupila, y ella, a su vez, tampoco le fue indiferente. Así se fueron juntos a Alemania para iniciar una bella historia de amor y Gioconda, al mismo tiempo, dar los primeros pasos que la enrumbarían a una exitosa carrera como intérprete. Su sueño empezaba a cristalizar.

-¿En Alemania lo apostó todo a las directrices del maestro Almenar Otero?
-El maestro se dedicó a regenerarme, a curarme. Él veía mi pasión, mi obsesión por cantar. Yo estaba dispuesta a hacerlo todo por el arte; él, por su parte, me apoyó con firmeza y sabiduría. Me llevó a Alemania y me puso al cuidado de su profesora de canto: la maestra Paula. Ella educó mi voz y la recuperó.

-¿Quién es para usted Carlos Almenar Otero?
-Con él fluí. Me dejé llevar. Descubrió en mí un tesoro, un potencial que yo no intuía, y me lo entregó. Todo lo que tengo en mi vida se lo debo a mi voz. Tuve la suerte de que nos enamoráramos y nos casáramos. Marcó mi vida para siempre. Me llevaba 33 años, pero jamás fue un obstáculo para nuestra relación tan estrecha.

-¿Qué los hizo trasladarse a Florida?
-En 2003 nos trasladamos a Florida. La situación en Venezuela ya no pintaba nada bien, y él lo definió con un demoledor: “¡Esto se hundió! ¡Nos vamos!”. Confieso que al principio yo no le creí mucho, aunque tengo que decir que a mí Chávez siempre me pareció que tenía cara de loco. Carlos hasta me propuso que yo me fuera adelante, pero yo tenía un apartamento muy lindo en Los Palos Grandes, en Caracas, y no quería abandonarlo. Él estaba tan seguro en su convicción de que las cosas no marchaban bien en Venezuela, que cuando nos instalamos en Miami, para asegurarse de que yo no volvería a Caracas, me encerró hasta que desistí de regresar a mi tierra. Mandé a vender mi apartamento en Caracas y me residencié definitivamente en Weston.

-Pero el maestro regresó a Venezuela.
-Sí, no se adaptó a Estados Unidos. Ya tenía su edad y no pude hacerlo cambiar de opinión. Sin embargo, antes de regresar a Venezuela compramos un apartamento en Weston, él se enamoró de esta zona. Recuerdo que a él no le gustaba Miami, decía que era “un Petare grande”. Pero lo que sí logré antes de que volviera a Venezuela es que se hiciera ciudadano americano. Gracias a Dios, porque cuando regresó malito, recibió ayuda del Gobierno de EE.UU.

-Carlos Almenar Otero regresó a Estados Unidos a petición suya…
-Sí. Ya cuando estaba en Venezuela fui a verlo una vez, quería ir a Barquisimeto a visitar a mi familia, pero la inseguridad en el país era un problema grave. No me dejó viajar. Todo se había puesto peor. Empecé a acariciar la idea de traerlo de vuelta a Estados Unidos. En 2018 cuando se puso muy delicado de salud lo convencí de venir conmigo. Cuidé de él hasta el último momento. Ya nunca más nos separamos.

LA PROFESORA GIOCONDA

Luego de la partida de Carlos Almenar Otero, Gioconda Salcedo se ha reinventado para salir adelante, siempre con el canto como bandera. Ella y su hijo han construido a plenitud sus vidas en Florida. Gioconda se volvió a casar y con mucho tesón e imaginación lidera su academia de música para niños y jóvenes promesas del canto.

-Gioconda no se ha dormido en los laureles, evolucionó. ¿En qué ha invertido su tiempo la querida profesora Gioconda?
-Muchas cosas me han cruzado por la mente y las he puesto en práctica. Por ejemplo, tuve un proyecto que hasta llevé a la FIU (Universidad Internacional de la Florida): «Sanación Holística Musical Efecto Mozart». La idea vino del libro “Efecto Mozart”. Hice una fusión, era algo terapéutico, de sanación. Lo realizaba en conjunción con un médico, mientras él dictaba su conferencia científica yo interpretaba canciones clásicas y del repertorio latinoamericano.

-También tiene la Fundación Carlos Almenar Otero.
-Yo no tenía dónde cantar. Y se me ocurre la idea de crear una fundación para honrar a Carlitos. Di inicio a este proyecto en los hospitales en Venezuela. También en la Clínica El Ávila de Caracas. Hicimos muchas presentaciones en distintas clínicas. Más adelante, rendimos homenaje a grandes artistas venezolanos: Ítalo Pizzolante, Alirio Díaz, etc.

-Sabemos que ha colaborado con colegas cantantes en el desarrollo de sus técnicas vocales.
-En efecto, el punto de todo cantante es la respiración. Si se usa mal, el instrumento se deteriora. La técnica que me enseñó el maestro es la que yo también aplico a mis discípulos: la respiración coordinada, aunada a ejercicios de gimnasia respiratoria y vocalización. La técnica es un arte. Eso es lo que yo enseño. Yo presencié como Carlitos trabajó su maravillosa técnica con intérpretes de renombre como Mirla Castellanos, Neyda Perdomo y Héctor Cabrera. Como terapeuta se debe apuntar a buscar la voz del cantante, su timbre. Cómo curar la voz. Eso lo aprendí de mi gran mentor.

-Igualmente es docente.
-Entre mis alumnos cuento a Lupita Ferrer. Ella es un icono de la actuación. Ha sido mi pupila e incluso hemos llegado a hacer un show juntas, hasta grabamos un dueto. Ella recomienda mi técnica de enseñanza. También he formado a muchas niñitas. Esas alumnas protagonizarán un evento que yo produzco en el mes de septiembre.

ESCRITO EN LAS ESTRELLAS

-Todo ha sido éxitos incontables en la carrera de Gioconda Salcedo.
-No, todo no.

-¿Puede ampliar?
-Tras tres años de paro con la Fundación Carlos Almenar Otero, me busco mi pianista, montó mi repertorio y decido presentarme en un teatro de Puerto Cabello. Invito al maestro Ítalo Pizzolante a mi presentación. Él asiste junto con su esposa y dos hijos. Pero aparte de ellos, no llega nadie. Me pongo a llorar y decido cancelar la presentación. Entonces el maestro Pizzolante me obliga a no cancelar. Acto seguido, para la familia Pizzolante y los técnicos del teatro se traslada el piano tras bastidores y allí presento mi concierto. El querido compositor de “Como llora una estrella” me dijo: “No te retiras. Acabas de empezar. Ahora es que tienes cosas por hacer”.

-Qué gran inyección de ánimo…
-El apoyo del maestro fue fundamental. Su fuerza espiritual me levantó. No puedes ceder el poder a otros y renunciar a tus sueños. Allí comprendí que hago un show, en principio, para mi felicidad. En mi mente está planteado que quiero seguir cantando y dando clases.

-¡Y montó su academia!
-Era mi destino. Un astrólogo aquí en Miami me dijo: “No vas a ser famosa. Tú vas a tener una escuela”. Se llama Ciencia y Arte de la Voz. Monté la escuela en pandemia, puse un estudio de grabación de lo más coqueto, y sigo aquí. Ya van cinco años de trabajo ininterrumpido.

Donación

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba