CRITERIOS Con Pablo Medina Carrasco

La ruta del infierno

Me llegan historias atroces revueltas con barro y sangre de venezolanos que dejan un reguero de dolor por las veredas del Tapón de Darién.

Los muchos venezolanos que nos siguen me exigen que no nos quedemos cortos. Que digamos todo lo que nos han contado sobre lo que está pasando en los pavorosos senderos de una selva que cada día más y más, se tiñe con el sufrimiento de un pedazo de la Venezuela pobre que arriesga su honor y su vida a cambio de un poco de futuro.

El caso es que hoy en día se muestran muy activos los militares panameños en eso de extorsionar y aterrorizar de las formas más inhumanas posibles a los pobres diablos que huyen de Venezuela. Nunca se les vio tanto valor, ni en las épocas en que el istmo estaba sembrado por laboratorios de coca y heroína manejados por el Cartel de Medellín.

Y eso no fue hace mucho, por cierto. Eso fue un poco antes de que Hugo Chávez junto con Rodríguez Chacín mudaran las refinerías de veneno a la tranquilidad del estado Apure en Venezuela, bajo la protección y custodia de las NARCOFUERZAS armadas bolivarianas.

Panamá, la principal lavadora de fondos sucios de la revolución del siglo XXI después de Trinidad & Tobago, insiste en ignorar lo que está pasando con nuestra gente regada entre sus selvas. Porque a los venezolanos los están matando sin ningún miramiento si no llevan el dinero que los militares de las fuerzas armadas de ese país les exige para atravesar las marismas.

En cuanto a los campamentos de migrantes, que son del estilo de los depósitos de refugiados palestinos de los años 60, un gentío ha encontrado las mil maneras de convertirlos en lucrativas fabricas sin chimeneas que producen muchísimo dinero, pero de a poquito. Claro: desplumando a un gentío, a muchísimos venezolanos que terminan siendo tragados dentro de sus alambradas. Además, resulta chocante y doloroso que funcionarios de las Naciones Unidas cobran US$ 40 para dormir en esos cuartuchos.

Las atrocidades que ocurren en la selva, en la selva se quedan. Pero en los campamentos de migrantes, suceden cosas inimaginables en pleno siglo XXI. Sobre todo luego de que la raza humana creyó haber superado el horror de los campos de concentración en la Alemania nazi y en la Europa Ocupada de los 40.

La Venezuela pobre, la Venezuela que huye a pie de Maduro y de sus políticas de hambre, es explotada de mil formas y maneras por cualquier individuo que cuente con un mínimo de autoridad o de poder a todo lo largo de la infernal ruta de escape que se ha inventado la miseria venezolana.

Hablamos de trabajo en condiciones de esclavitud, tráfico de niños, drogas y todo tipo de explotación humana imaginada que se ensaña con la miseria que escapa espantada de nuestro país.

Y nadie, pero nadie, está haciendo algo que valga la pena para que todo lo que está sucediendo en esos parajes se detenga inmediatamente. Esa parte de Venezuela, la pobre, la de Juan Bimba, tiene que preocuparle a alguien en este mundo. No contamos con el régimen de Caracas para que mueva un solo dedo por ellos; pues mientras más invisible sea toda esa tragedia mejor para Maduro.

Pero para el resto de la Venezuela que resiste o que se opone al régimen, ¿alguien va a empezar a hacer algo para tratar de proteger a tantas y tantas vidas venezolanas que se están perdiendo en aquel reguero de muerte y de horror?

Por eso: ¡Dios, Venezuela Libre y Cese de la Ocupación!

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