Los tiempos de Dios son perfectos


Llegué a Valencia el miércoles 19 de agosto. Nueve años exactos después del día en que tuve que salir de mí país. No hay casualidades; ¡todo lo tiene Dios Todopoderoso perfectamente calculado!
De 2017 hasta este miércoles, no he parado ni un segundo de esperar por este momento.
¡Gracias Dios mío, me diste vida suficiente para poder regresar a lo nuestro! Volver a ver a mis hijas, a mis nietos, al resto de mi familia y poder ir a rezar sobre la tumba de mi madre, quien murió en mi ausencia.
Qué difícil es emigrar con una mano adelante y otra atrás. ¡Bendita sea Venezuela que también ha tenido que escapar de la miseria y de la persecución, y no ha desaparecido en el intento! ¡Mis respetos!
Doy las gracias a los muchos venezolanos, de tantos otros lados, que hicieron mi exilio digno y soportable.
Es inevitable decirlo: la Venezuela controlada por esta gente se ha venido abajo. Otra década más perdida. Otra década más destruida por manos infames, mintiendo y tratando de tapar la terrible realidad física y moral del país, con un discurso hueco e
inmoral.
¡Venezuela no merece “esto” a que “estos” la han arrastrado! Convoco al país bueno, al país que tiene esperanzas en un mañana que debe ser mejor para que juntos recuperamos lo que es nuestro. Si finalmente sucedió el 3 de enero, tenemos todos que empujar los cambios que la nación necesita.
Yo, Pablo Medina, no regreso a mi país bajo ningún tipo de tutela. ¡Regreso a poner mi vida a las órdenes de una Venezuela herida, que solo tiene que decirme pa’ dónde, que es «pallá»!
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