Los tropiezos del presidente Fumanchú


Los problemas domésticos que está atravesando en estos momentos la China comunista son proporcionales al tamaño de su territorio: ¡enormes! Lo que pasa es que la “procesión” va por dentro; y una dictadura feroz, que no entiende de derechos de la gente, ni muchos menos sobre derechos humanos, se las ve más fácil para dominar y controlar a su pueblo.
Allá nadie protesta. Y si protesta, como en Venezuela, llevan palos, desapariciones y mucho paredón. Pero, sin embargo, muy calladitos para lo que les conviene, con el silencio obligado de una población sumisa y siempre asustada por la mano muy dura de su régimen, FU-MAN-CHÚ y la gerontocracia del partido comunista se hacen los que pueden de todo, cuando realmente pueden muy poco.
Quizás y por eso, muchos creyeron que los “informes de Donald Trump” sobre el galopante y muy rápido deterioro de la economía doméstica china consistían en otra de sus clásicas bravatas. Y fíjense, no era así.
Lo mucho de lo que está ocurriendo dentro de China, que el partido comunista deja salir, dibuja una profunda crisis de naturaleza social en plena ebullición. Desde luego: no entre los 90 millones de afiliados y funcionarios operadores del partido comunista chino que todo, todo sin excepción, lo controla en ese país.
Parece que el problema está afectando, y de una manera cada vez más potencialmente explosiva, al resto de los 1.5 mil millones de habitantes restantes de ese país. Y las razones de las ya tremendas agitaciones sociales que se empiezan a asomar, se inician y terminan por los aranceles-castigo disfrazados como nueva política comercial norteamericana.
Y aunque efectivamente, China solo coloca algo cercano a un 20% de toda su producción industrial en el mercado americano, que ya es muchísimo, el problema es que el mundo se está empezando a tatuar en la piel de cada país, de cual lado es que está cada uno.
Y por primera vez, China, que tiene unos 40 años metiéndose sigilosamente en las economías, la cultura y hasta en la forma de practicar el terrorismo, la destrucción y la muerte con sus aliados como Corea de Norte e Irán, ahora está obligada a enseñar las garras. Que, por supuesto, las tiene, y bien afiliadas.
Visto así, pareciera entonces que los chinitos ya no son tan simpáticos y bonachones como llevan años tratando de convencer a los países de Occidente que eran, incluyendo a la putísima Europa. Que, ya sabemos, siempre se va con quien pague más, regale más y joda menos. Por eso los correcorres de los chinos por tratar de amarrar a economías como la colombiana, la mexicana e inclusiva la canadiense. Por solo mencionar a solo tres de las potencias emergentes de nuestro hemisferio.
Pero igual aplica con Venezuela, Nicaragua, Cuba y el resto de los países-resentidos, cuyos gobiernos y gobernantes no aguantan dos pedidas, ni un buen cañonazo de los enormes fondos con que cuenta China.
La reducción drástica que recién acaba de llevar a Cabo el Banco Popular de la República China, el equivalente en ese país al Banco Central, sobre los tipos y tasas de interés ha pasado realmente desapercibida por mucha gente en Occidente.
Total, Donald Trump tenía razón. Claro que América está dando patadas y kung-fu en este estado de guerra comercial, pero debajo del suelo controladísimo en China por el partido comunista, se están cocinando a fuego lento unos tremendos movimientos telúricos que pueden acabar en un aparatosísimo terremoto.
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