CRITERIOS Con Pablo Medina Carrasco

Maduro y su cartel están desnudos

La trampa que se llevó a cabo el domingo 28 todos la esperábamos. Desde la María Corina de SUMATE hasta el más despistado en asuntos comiciales sabía que en Venezuela no hay, desde 2004, ni por asomo, ni imparcialidad, ni mucho menos transparencia electoral.

La novedad no es que el régimen llevará a cabo la trampa desde las entrañas del “peor sistema electoral del mundo”. Lo realmente patético es que, a pesar de que el fraude fue llevado a cabo de la manera más burda, la dictadura trata de hacer lo imposible para lograr convencer al mundo de que Maduro ganó las elecciones limpiamente con la mayor seriedad.

Lo cual no tiene ni pies ni cabeza. Un país en pleno que no para de mentarle la madre al supuesto candidato ganador, definitivamente no puede estar bien de la cabeza. Todo el mundo, al menos el 80 por ciento de la Venezuela que estaba en Venezuela y que fue a votar, le tiene una arrechera fuera de serie al colombiano, a su gente y a todas las tracalerías que ellos le vienen haciendo a los venezolanos y al país desde hace casi tres décadas.

Imposible pensar que el caliche pueda tener la preferencia de la mayoría. Si hasta en los centros de votación de voto histórico duro del chavismo, el tipo fue arrasado por un perfecto desconocido. Hoy, indiscutiblemente, el presidente electo de Venezuela es Edmundo González Urrutia.

Por otro lado, la ferocidad con que la dictadura pretende imponer sus actas, sus resultados y sus boletines indica que fueron tomados por sorpresa. Claro que sabían que Maduro no ganaba ni ganando; pero jamás se imaginaron que la participación del domingo 28 sería de casi la totalidad del padrón electoral que sigue adentro de Venezuela.

Ellos ya tenían preparadas las mentiras sobre su imposible triunfo, a través de las encuestas pagadas a los eternos manganzones y embusteros a sueldo del régimen. Pero no podían imaginar, ni en sus más oscuras pesadillas, que los “apellidotes” de las zonas populares, de los barrios y de los caseríos de Venezuela estuvieran tan pero tan convencidos de la necesidad de salir de una vez por todas de los maleantes del siglo XXI como efectivamente toda Venezuela lo está.

Con un país zumbado por los cuatro costados. Con una parte de la comunidad internacional atrapada en la temeridad de su necesidad de continuar haciendo negocios con el régimen que controla Venezuela y la aplastante realidad de los votos a favor de Edmundo. Con una María Corina Machado todavía mantillada como una vaca sagrada, y un régimen en vías de extinción, la libertad de Venezuela es cosa de corto plazo. Con esos elementos y varios más “esto” es un asunto de tiempo perfecto. Y el tiempo, quienes lo tienen en su contra son los hampones del siglo XXI.

Es un “asunto” de esperar “activamente”. Porque “esto” no tiene ni acomodo ni mucho menos marcha atrás. Lo que está en la mesa de negociación es el cómo y el de cuales maneras estos maleantes van a entregar el poder.

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