El Fogón de la Editora

MEMORIA

Yolanda Medina Carrasco / Venezuela RED Informativa.us

Si uno de cada diez nacimientos en Colombia, dice su gobierno, es de una madre venezolana, todavía no nos llegan; ni siquiera se nos acercan.

En los años 70, 80 y 90 en Venezuela se perdió la cuenta de los muchachos que parieron las mujeres colombianas en nuestras maternidades. Pero, les aseguro que, bajo el amparo de nuestro país, con toda seguridad nacieron más niños, que los que las venezolanas pueda llegar a tener allá en estos tiempos.

La cuenta es muy simple: en esos años en Venezuela vivían una cantidad cercana a los 6 millones de colombianos. La mayoría de ellos en condición de indocumentados, por cierto.

Los hermanos colombianos llenaron por años las escuelas públicas, las universidades gratuitas, los barrios y las zonas residenciales de las ciudades de nuestro país. Desde luego, tampoco es que salieron de su país para hacer visitas. Muchos, muchísimos de ellos, fueron empujados por la violencia asesina que se generaba en medio de una guerra civil no declarada que se tragaba a Colombia. Otra gran cantidad por la mala situación de un país destrozado por la violencia. Muchos eran desplazados de las zonas de conflicto; huyeron a Venezuela en busca de vida, crecimiento y paz.

Peruanos, ecuatorianos, bolivianos y un mundo de isleños del Caribe que también aterrizaron en Venezuela, igual le corrían al hambre.

¡Ah! Ni mencionar a los miles de europeos que empezaron a llegar a partir de finales de los años 40. Con ellos, el país se repintó.

O los chilenos, que hoy repatrian a los inmigrantes ilegales nuestros, en aviones sellados para apestados. Curioso: en los 70 abrimos una autopista sin peajes ni requisitos para salvarle a muchos la vida, ahorrándoles el hospedaje en los campos de concentración que abrió Augusto Pinochet en ese país.

Como sucedió con la Argentina, y con los argentinos, una de las pocas naciones que aún recuerda el bien y la generosidad con que fueron recibidos y queridos sus hijos en Venezuela, en los malos días de su Guerra Sucia.

Nos formamos como pueblo siendo generosos, acogedores con todo el mundo y muy parejeros. Nunca, pero nunca, perseguimos a alguien por su color de piel, ni por su belleza, ni mucho menos por la manera que tuviera de adorar a Dios.

Hoy, muchos de los venezolanos que están regados por el mundo, muchísimos de ellos, no pueden decir lo mismo.

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