Opinión

No olviden a un héroe infinito

Santos Luzardo / Venezuela RED Informativa.us

El Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José Francisco de Sucre y Alcalá, nacido el 3 de febrero de 1795, el día 4 de junio, en 1830, dejó de existir físicamente para hacerse inmortal.

Emboscado en la Vuelta de la Jacoba, en la montaña de Berruecos, cerca de Pasto, Colombia, la perfidia de los políticos de entonces fraguaron el más vil de los asesinatos, mataron al Abel de Colombia, el más noble de todos los venezolanos, el héroe de Ayacucho, de Junín, de Pichincha y de tantas batallas del sur para lograr con ello sellar la libertad de América.

Insigne General cubierto de gloria por sus hazañas, estadista, precursor del derecho internacional, gobernó el Perú y Bolivia como General en Jefe del Ejército Libertador de Colombia la grande.

Cuando El Libertador fue informado el 1° de julio por el Gral. Mariano Montilla del nefasto suceso exclamó: «Se ha derramado, Dios excelso, la sangre del inocente Abel de Colombia… Lo han matado porque era mi sucesor»… y lloró amargamente la muerte del mejor de los Generales, como dijo públicamente en el Congreso Admirable de Colombia y su mejor y más querido amigo.

Apenas amanecía cuando el intrépido paladín marcha camino a su destino fatal, queriendo llegar a Quito a reunirse con sus amadas esposa e hija. Pero en el sitio más estrecho conocido como la Vuelta de la Jacoba, lo esperaban el traidor venezolano, como tantos hoy, Apolinar Morillo y otros tres sicarios con instrucciones de José María Obando que les pagó 40 pesos, le dispararon y cuatro tiros perforarían la noble humanidad del mejor de los venezolanos.

Cuando oyó un grito que dijo: «¡General Sucre!», el gallardo General, de solo 35 años de edad, volteó por el llamado y de inmediato le dispararon. «¡Ay balazo!» dijo, cayó de su caballo y allí quedó tendido su cuerpo en las tierras que liberó su espada hasta el día siguiente que los pobladores cercanos lo hallaron y sepultaron.

Todos los caminos estaban cubiertos para matarlo. Por Buenaventura, lo esperaba el General Pedro José Murgueitio para darle muerte; por la vía de Panamá lo esperaba el General Tomás Herrera y desde Neiva el General José Hilario López.

Todos querían matarlo, lo que intentaron contra El Libertador y no consiguieron. Tres días antes del asesinato, el periódico «El Demócrata», de Bogotá, publicó la infamia siguiente: «Acabamos de saber con asombro, por cartas que hemos recibido por el correo del Sur, que el general Antonio José de Sucre ha salido de Bogotá… Las Cartas del Sur aseguran también que ya este general marchaba sobre la provincia de Pasto para atacarla; pero el valeroso general José María Obando, amigo y sostenedor firme del gobierno y de la libertad, corría igualmente al encuentro de aquel caudillo y en auxilio de los invencibles pastusos. Puede que Obando haga con Sucre lo que no hicimos con Bolívar…».

Con el fin de referir una de sus tantas virtudes, nobleza y heroísmo recordaré que el día siguiente a la victoria de Ayacucho, el Gral. Sucre escribe a El Libertador para informarle las resultas de la Batalla y comienza escribiendo: «Está terminada la guerra y completada la libertad del Perú», informa de los ascensos que concede y los premios que otorga a los militares bajo su mando y termina escribiendo: «por premio para mí pido que usted me conserve su amistad».

En el pináculo de la gloria inmortal junto a Dios está el Gran Mariscal que todos los venezolanos de bien admiran y recuerdan con inmensa gratitud.

De la Orden de los Caballeros de Fénix

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