CRITERIOS Con Pablo Medina Carrasco

Nos negamos a desaparecer para sacar a flote el ADN de la libertad

Ningún Paro Nacional que se intente llevar a cabo en la Venezuela hambreada pero dormida, que exija la indexación y la dolarización de los sueldos y las pensiones de todos los trabajadores tanto del sector público como del sector privado, puede ser visto como un ensayo inútil. Todo lo contrario: no funcionando como todos quisiéramos, es un auténtico logro de la sociedad venezolana que empieza a despertar.

Que los que critican la protesta nacional como un acto de desesperación colectiva se dejen de contar cuentos chinos: un Paro Nacional no puede ser una provocación, una trampa del régimen. ¡Déjense de vainas! Allá, quienes estén en desacuerdo con que la nación venezolana pelee por evitar su extinción, es porque son parte del problema; son enchufados u opositores que necesitan que el país permanezca drogado, estúpido, mientras ellos se cogen lo que no es suyo.

La única respuesta posible de una nación asediada por las calamidades, olvidada por el régimen e ignorada por los farsantes de una oposición dedicada a hacer concursos de popularidad, es la protesta popular. Sola y por su cuenta… ¡como siempre! Venezuela.

No pararse, no reclamar tanto al sector privado de la economía como al público por la indexación de los sueldos y de las pensiones de toda una nación exhausta por tantas mentiras, es un suicidio colectivo.

Que la oposición continúe con sus embustes de lograr la paz, pero la de los sepulcros, para toda una Venezuela que cada vez se aleja más, con su mísero salario en bolívares, con el cual pretende cubrir sus necesidades, que son vendidas en dólares.

Del régimen es imposible esperar algo bueno por las buenas. Su incapacidad y siniestra destreza para abordar el asunto de la economía del país, a escala y perversamente especulativa, está más que demostrada que no sirve para nada. Por el lado del sector privado, igual conocemos la cartilla de respuesta de siempre: especulación, desabastecimiento y precios entaparados.

El asunto es de vida o muerte para el venezolano. Y eso no se resuelve a través de una charada arreglada de naturaleza electoral con final totalmente esperado. No hay tiempo para estupideces.

Solo es con gente, con nación, con millones de individuos parados, de brazos caídos que se puede conseguir el objetivo de recuperar la capacidad de compra real del venezolano. El hambre, las necesidades acumuladas no se arreglan con concursos de popularidad entre cincuenta vagos y maleantes que llevan una vida regalada, en un país que ya no puede continuar arrastrando tantas penurias.

Por eso, ¡hay que arrancar motores, Venezuela dormida! Demostrémosle al mundo que aún seguimos vivos, que estamos en una lucha real por nuestra sobrevivencia, porque como país NOS NEGAMOS A DESAPARECER.

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