El Fogón de la Editora

NOSOTRAS

Yolanda Medina Carrasco / Venezuela RED Informativa.us

El asunto político en Venezuela no es un problema ni de genero ni de número. ¡Qué más quisiera yo ver a una mujer mandando en Miraflores! Las mujeres en mi país somos quienes llevamos nuestras casas. Cuidamos de nuestros hijos, o a nuestros hermanos menores como en mi caso, hasta que llegan a viejos. Los recogemos cuando sus mujeres los maletean. Vemos por nuestros padres hasta la ancianidad, lo mismo que por los nietos, los re-nietos y a todos los sobrinos que nos ponen a cuidar. Lidiamos con maridos borrachos, parranderos, mujeriegos y buenos para nada, hasta que un buen día los mandamos bien lejos.

Entonces, solas, sacamos a toda la familia «palante». Y siempre con la amenaza más que estúpida de los padrotes criollos del “me voy a llevar a los muchachos”. Cuando muy pocos hombres en mi país aguantarían la pela y el bolsillo de ser padre y madre en un solo paquete. ¡Es que ni café saben hacer!

Encima, en Venezuela las mujeres tenemos la tasa más alta de escolaridad en pre y posgrados seguramente de todo el mundo. Trabajamos el doble, por regla general por sueldos más bajos que los que reciben los hombres. Saltamos de un sitio a otro y jamás nos damos un descanso. Estudiamos, trabajamos, llevamos y traemos a nuestros chamos a todos lados y todavía nos queda tiempo, fuerzas y muchas ganas para parrandear. ¡Las mujeres venezolanas somos las mejores!

Así que ese no es el punto. Sería mundial ver a María Corina, tan linda y siempre con su cara de arrecha, enfrentando ese bicho de mil pies que es hoy el estado venezolano. Recomponiendo a un gobierno venezolano que hace años está deshecho.

No es nada ni personal, ni mucho menos de género. Es que toda esa energía, toda esa pasión que le pone María Corina y el resto de los que todavía sueñan con la posibilidad de una salida electoral en Venezuela, está consumiendo inútilmente su tiempo emocional personal y le está comprometiendo aún más el tiempo al país.

Cualquier medición electoral que enfrente al régimen está condenada a ser un total y completo fracaso. Y, de paso, un fracaso traumático; colectivamente traumático. Peligrosamente traumático para aquellos que aún creen en los discursos y en los análisis cogidos por los pelos tanto de Henry Ramos o de Nicolás Maduro, que, con ese cuento chino del “si se puede” con el “mejor sistema electoral del mundo”, llevan veintipico de años con Venezuela entre sus bolsillos.

Cada vez que vuelven a inflar los globos para la decoración de la fiesta electoral en Venezuela, pasa lo mismo. Estos bandidos se roban los comicios, sacan los números finales que les da la gana y los del lado “nuestro” se dedican los tres años siguientes a explicar qué fue lo que pasó. A explicar lo inexplicable. Porque si de verdad los del supuesto lado “nuestro” llegan a decir la verdad de todo lo que está detrás de las falsas elecciones los linchan, donde quiera que los encuentren. Inclusive acá en Miami, donde la oposición venezolana, que nunca gana ni ganando, tiene montado un devocionario colectivo.

Déjense de cosas. Con la mitad de esa energía que le ponen de la boca para afuera quienes aún quieren creer que en Venezuela existe una democracia; con un cuarto, con solo una fracción de la arrechera que el pueblo venezolano le tiene a todos esos delincuentes del siglo XXI, el país, por el camino correcto de la presión no electoral, empezaría a ver salida.

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