Ser decente

Santos Luzardo* / Venezuela RED Informativa.us
Cualquier persona tiene derecho a ser decente, aunque sea potestativo hacer uso o no de tal propiedad particularísima y hasta preguntar: ¿no sería más bien una obligación cívica?
Sí, pero después del derecho, que es una condición inmanente por el solo hecho de nacer. Es permanente a pesar de la inconciencia del individuo si fuera el caso.
La decencia es una forma sublime del Ser que denota y expresa su evolución y define el bien hacer, que trasciende las meras formas sociales. En consecuencia, es una noble virtud por lo que la conducta es la expresión prístina de esa condición.
Quizás resulte compleja la exposición teorizada de la filosofía de este derecho, pero debe escrutarse hasta sus fuentes, porque luego de ser un derecho se constituye en una obligación cívica, poco cumplida como consecuencia de una suerte se sombra que todo lo ahoga en su perturbadora ignominia, fruto de la ignorancia e incomprensión.
En la expresión lapidaria de El Libertador: «Todo pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción», bien podría sustituirse ignorancia por indecencia.
El participio activo decëre, significa convenir, estar bien algo o alguien, ser honesto, mientras que el Diccionario de Las Américas define decencia como: “Dignidad en los actos y las palabras conforme al estado o calidad de las personas”.
Quizás este concepto sea más diáfano que mi exposición, ¿acaso no es un derecho necesitar y desear tener calidad personal?
La decencia es la luz que ilumina la humanidad, lamentablemente es electiva y también demanda voluntad y esfuerzo, que la inmensa mayoría de personas no está dispuesta a hacer.
No es fácil aceptar y menos convivir en una sociedad que desconoce este derecho, obligación, atributo y fundamento del bien común, pero peor cuando las estructuras, símbolos y demás emblemas, repertorios, reservorios y custodios de la decencia son tomados y utilizados desde la indecencia, como el caso venezolano.
Las sociedades con tales desvíos o más bien, extravíos, están condenadas al oprobio, el abismo donde pululan todas las miserias humanas, haciendo estragos muchas veces irreparable.
No es aquello que llaman política en Venezuela lo que podrá salvarnos y menos cuando los políticos se niegan a ejercer tan noble derecho a pesar de la inocencia de los pueblos al poner en sus manos las virtudes republicanas.
«Es más difícil, dice Montesquieu, sacar un pueblo de la servidumbre, que subyugar uno libre». «Un pueblo pervertido si alcanza su libertad, muy pronto vuelve a perderla; porque en vano se esforzarán en mostrarle que la felicidad consiste en la práctica de la virtud”.
*De la Orden de los Caballeros del Fénix
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