Opinión

¿Tongo en el Oscar?

Omar Estacio Z. / Venezuela RED Informativa.us

Tongo, es la controversia, bufa, falsaria, simulada. Es el combate, tácito o expresamente, amañando con antelación. A cambio de dinero, publicidad, por miedo, por la cochina política o por cualquier otra causa innoble. Las mujeres y hombres que amamos la sana competencia del músculo, evitamos llamarlo por su nombre y si lo hacemos, antes nos santiguamos.

Los primeros tongos, bien documentados por la Historia, fueron los orquestados por los emperadores romanos, Cayo César Augusto Germánico Calígula y César Marco Aurelio Cómodo. Este último, relata Dión Casio, “ganó” como gladiador, invicto, 700 combates al hilo. (Putin, no ha inventado nada, al posar travestido de judoka). Superior a las hazañas atléticas de, Cómodo, fueron la de “Incitatus”, dilecto caballo de Calígula, como lo testimonian Tácito y Suetonio. En los tres casos citados, los contendientes de turno, estaban conscientes de lo que les pasaría de atreverse a terminar victoriosos semejantes torneos.

Tongos, ha habido en casi todas las especialidades deportivas. En la hípica, el balompié, el béisbol, la Fórmula Uno, mayormente en el pancracio y el boxeo. En el submundo de nuestra política, con el enjambre de candidatos opositores coludidos con la narcotiranía. Esa reciente pataleta de Djokovik, en Australia, a causa de su supuesto activismo antivacuna apesta. Voy a investigar mejor, no sea cosa que haya sido un caso de tongo coronaviroso.

Tongo, fue la derrota arreglada, por dinero, de Jack “Huracán” Johnson ante Jess “La Esperanza Blanca” Willard, 1915, La Habana, Cuba. Cassius Clay o Muhammad Alí, fue subproducto del tongo. En sus dos combates contra el “Oso Feo”, Sonny Liston, este último, estaba comprado o amenazado, como Foreman en su pretendida epopeya contra Alí, en Kinshasa, a pesar de lo que escribió sobre la refriega, Norman Mailer, en “The Fight”. Mailler, protagonizó su propio tongo literario pero esa es historia que dejaremos para otro día. La trifulca a finales del año pasado, entre «Canelo» Álvarez y Caleb Plant, en la ceremonia previa al campeonato que se proponían disputar, fue un tongo publicitario. Mal montado, porque, al final, no hay ninguno, que se les escape al ojo u olfato de los que saben.

Cuando el actor Will Smith le encajó a Chris Rock su pescozón, en vivo y directo por TV, en medio de la ceremonia de los premios Oscar, hace una semana, se escuchó en la vieja Atenas el reproche, unánime, de las divinidades tutelares de la milenaria práctica del pugilismo.

¿Es que el señor Smith, en el levantisco, Philly, del oeste de Filadelfia, con sus recurrentes enfrentamientos entre la policía y la agrupación MOVE, para no mencionar otras expresiones de violencia, no asimiló los rudimentos básicos del arte de pegar y no dejarse pegar, indispensables para sobrevivir en ambientes tan hostiles?

¿Cómo es que un grandulón, de 90 kilogramos o más, le estampe un sonoro manotazo a quien es de menos contextura física, y el agredido, en lugar de rodar por el suelo, reaccione con una sonrisa? “Los puños de niña, me saben a piña”, respondíamos los venezolanos de otro tiempo, a quienes como el señor Smith, no exhibían pegada varonil. Peor si la propia víctima, milésimas de segundos antes del hipotético golpe de knock-out, hizo genuflexión, como una geisha ante Smith y en lugar de protegerse con sus dos brazos al rostro, entrelazó ambas manos, allí, donde la espalda pierde su decente nombre.

Todo vale, para revitalizar cualquier espectáculo, frívolo, decadente, repetitivo, insustancial, producto de un concurso no siempre imparcial, como ha quedado al descubierto en varios escándalos, que cada día divierte menos y a menos gente.

Años atrás, otro certamen igual o peor de banal, pretendió similar treta publicitaria, con el ficticio error elemental de un presentador que se prestó para la farsa.

Plausible que el televidente del siglo XXI se centre en la diversión formativa, pedagógica, menos intrascendente, con la consiguiente mejor inversión de su tiempo libre. Censurable, que cualquier show de TV para detener su declive en las mediciones, recurra a un fementido episodio de violencia entre dos famosos. Ahora pretenden abrir debate sobre la justificación del manotazo o de la broma pesada que, supuestamente, lo desencadenó.

O le imponen castigo ejemplar al autor de la agresión o si es que esta última fue fingida, los sancionados con la mayor severidad han de ser los partícipes en tal bufonada.

El graderío se encrespa cuando se ultraja el noble arte de Fistiana.

“¡Tongo, tongo, tongo!”

@omarestacio

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