CRITERIOS Con Pablo Medina Carrasco

Turismo de tortura en Centroamérica

La Venezuela que sigue y sigue derramándose por medio mundo no tiene a quien le duela.

El horripilante paso por el Tapón del Darién ya quedó para hacer fiesta. Hasta el alcalde de la ciudad de Nueva York le da por sobrevolar los manglares atestados de caimanes del istmo. ¡Ni de vaina aterriza! Solo mira desde el aire en un helicóptero artillado del ejército colombiano, para que Dios lo “cuide de todo mal”, como diría el mismísimo Rubén Blades.

Y luego reporta que abajo, donde la Venezuela que huye despavorida del régimen de Maduro se ensucia con barro y con miedo, las condiciones no son las “adecuadas” para que la gente pasee. Así, ¡con ese par de bolas!

No hay que ser particularmente espabilado para imaginar lo que ocurre dentro de ese infierno marrón y verde que se está tragando a nuestra gente día tras día.

El poderoso Tren de Aragua montó sucursal en la parte de Colombia del tramo. Comparte extorsión, violaciones, robos, asesinatos y otros servicios con el Cartel de Medellín. Ambos, dueños y señores de todo lo que sale de Colombia por la selva, han desarrollado un negocio aun más rentable que los que tenían en Tocorón, y todos aquellos que comparten con el régimen venezolano en su presentación de colectivos de la patria.

Pero, como solo lo malo se pega, cuando los desafortunados venezolanos llegan a Panamá, las fuerzas armadas de ese país los explotan a su gusto. Solo las mujeres «feas» se salvan. El ejército panameño se mantiene acantonado a la dulce espera de la llegada de las hordas de venezolanos, haitianos, ecuatorianos y cubanos que son retenidas en campos de asistencia migratoria, bajo la custodia militar y con la asistencia de la infalible y siempre muy “humanitaria” ACNUR.

Aquellos que pasan la selva no pueden salir de los campos de refugiados, a menos que paguen. Si el migrante consigue cualquier tipo de trabajo que le ponga en unos pocos balboas, inmediatamente las fuerzas armadas panameñas junto con su policía se convierten en sus socios-chantajistas; todo lo que el pobre diablo pueda conseguir ganar en el transcurso del día, lo tiene que compartir con los rufianes de uniforme. ¡Igualito que en Venezuela!

Como garantía de pago, para que nadie se escape con la cabuya en la pata, a los panameños les queda la familia del migrante bajo cautiverio. La mujer y los muchachos permanecen como rehenes en el campamento en calidad de fondo.

Y la cosa no mejora cuando alguno logra juntar el dinero para continuar su marcha hacia Costa Rica. Aparte de pagar los “derechos de salida” al ejército panameño, las fuerzas de seguridad de Costa Rica cogen el turno para continuar saqueando la necesidad de cualquier venezolano despavorido que no deja de intentar llegar más al norte.

Es que ese venezolano se ha convertido, hoy por hoy, en el mejor negocio posible para buena parte de las mafias de habla hispana que operan en Centroamérica.

Por eso: ¡Dios, Venezuela Libre y Cese de la Ocupación!

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