El Fogón de la Editora

VENEZUELA DUELE

Yolanda Medina Carrasco / Venezuela RED Informativa.us

Con la llegada del verano, se inicia el calvario de la falta de agua en Venezuela. La dictadura, después de haberse robado las máquinas, los tubos y los equipos, también abandonó a su mala suerte los sistemas de reserva y distribución de agua por todo el país.

En veinte tantos años todo lo que han tocado, todo lo que ha pasado por sus manos, lo han acabado; luego de llevarse todo aquello que tuviera algún valor, han arrasado con nuestra tierra.

Con cerca de 8 millones de venezolanos que huyeron; con casi 8 millones de bocas menos, nuestra gente, cada año, está más sedienta.

Lo único que funciona en Venezuela es el aparato político de decir mentiras. Opera con igual eficiencia que los chanchullos dentro de todos los cascarones de instituciones que controla el régimen. O la venta al por menor de la “administración” de justicia. O la odiosa existencia de más de 500 presos políticos que son utilizados como monedas, para tratar de canjearlos por favores o “avances” de la diplomacia del régimen de Caracas.

El desastre llamado la Venezuela actual, resulta ser una sombra de país, que se desenvuelve como una mala fotografía en sepia, con cien años de atraso. La educación, la salud, la alimentación, el suministro de electricidad, el de agua potable, la vialidad y el despacho de gasolina, todo, se ha cubanizado. El gran “logro” de todos estos bandidos ha sido el atraso.

El mismo grupo, las mismas caras eternas de los últimos veinte tantos años, han convertido a nuestro país en un monumento a la miseria. Mientras, la oposición, con también sus mismas caras de siempre, nos trata de hacer creer que aquello que dicen estar haciendo por recuperar al país, no va a resultar ser, como siempre, más de lo mismo. Es decir, ¡Nada!

Solo Dios conoce el sufrimiento de los muchos venezolanos que estamos afuera del país. De las angustias y de los momentos de desesperanza con que nos tenemos que enfrentar desde lejos, ante la inmensa miseria que se ha cebado sobre nuestro pueblo.

Y yo digo: la paz tiene un precio. ¡Claro que sí! Pero esta no puede ser la paz de los sepulcros. A nuestra gente, adentro, la vida se le escapa entre la sed, el hambre, los precios impagables y los salarios que no sirven para mucho.

Hay momentos en que se debe doblar la apuesta por la vida, por la vida digna. Por la vida que se tiene que parecer a la vida del siglo XXI, esa que todos merecemos llevar.

La ruta de salida está más que comprobada, no puede consistir en tanta y tanta habladera.

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