Opinión

VENEZUELA: ¿EL ESTADO 51? – De la traición bolivariana al nuevo destino manifiesto de Trump

César Ojeda* / Venezuela RED Informativa.us

I. Lo que predije y nadie quiso escuchar
Desde el año 2004, cuando recorría incansablemente las emisoras de radio y la prensa escrita de Carabobo como candidato en Puerto Cabello, sostuve con claridad algo que pocos se atrevían a decir: Venezuela solo sería libre mediante una intervención militar extranjera. Lo decía con plena conciencia del escenario que enfrentábamos: un electorado alienado al chavismo, y una oposición que jamás fue tal — mercaderes de la política, carentes de doctrina e ideología, que trataban la vida pública como hacienda personal.

Decía también que el deterioro moral de nuestra dirigencia era tan profundo, que Estados Unidos tendría que imponer una administración de facto que gobernara con rigor, reformando y minimizando al Estado venezolano para reemprender el desarrollo nacional. Esas palabras sonaban a herejía entonces. Hoy suenan a profecía cumplida a medias.

II. La primera capitulación: Chávez y los militares de Altamira
A Venezuela la perdimos dos veces. La primera fue con la llegada de Hugo Chávez al poder. Los militares venezolanos, escudados en el cuento del “institucionalismo”, capitularon sin disparar un solo tiro. Se fueron a llorar a la Plaza Altamira y entregaron el país a los cubanos. Fue la rendición más silenciosa y costosa de nuestra historia.

III. La segunda capitulación: Maduro, Trump y el territorio conquistado
La segunda pérdida ocurre ante nuestros ojos. Con la captura del tirano Maduro y la aplastante demostración de superioridad militar estadounidense, el propio Ministro de la Defensa venezolano reconoció públicamente que no le quedó otra opción que recoger sus tropas y sus aviones. Dicho por él mismo.

Aquí entra en juego una realidad tan antigua como la humanidad: el territorio, en cualquier rincón del mundo, pasa a pertenecer a quien gana la guerra. Muchos venezolanos — yo entre ellos — creímos que Estados Unidos repetiría lo que hizo en Japón y en Europa tras la Segunda Guerra Mundial: un gran Plan Marshall para reconstruir y relanzar la nación vencida. Resultó lo contrario.

Las señales que envía Washington son inequívocas: la intención no parece ser liberar a Venezuela, sino quedarse con ella. No hay plan de reconstrucción visible. No hay hoja de ruta para devolver la soberanía. Y la pregunta que muchos venezolanos se hacen en voz baja —dentro y fuera del país— ya se dice casi en voz alta: ¿seremos el Estado 51 de la Unión Americana?

IV. Venezuela sin escudo: el vacío geopolítico
El paralelo con Groenlandia es revelador. Cuando Trump amenazó con tomar Groenlandia por la fuerza, Francia respondió de inmediato convocando ejercicios militares conjuntos de la OTAN en la isla. Los aliados europeos se unieron, y Trump retrocedió. Venezuela no tiene ese escudo.

Rusia está distante y calculadora. China no arriesgará sus intereses económicos globales por nosotros. Irán está semidestruido. Y la oposición política venezolana — cuestionada desde los tiempos de la Cuarta República — no tiene la credibilidad ni la cohesión para movilizar respaldo internacional.

A esto se suma una deuda pública colosal, una población agotada que siente que la riqueza petrolera jamás llegó a sus manos sino a las de magnates del chavismo y de los llamados “opositores”, y un Estado que ha colapsado en casi todas sus funciones. Un amigo venezolano me lo resumió recientemente con crudeza: “Mejor recibamos órdenes de los gringos — esos tienen mentalidad de bienestar y riqueza. Los otros nos ofrecieron esclavitud y libertad silenciosa.” Eso se oye hoy, masivamente, entre venezolanos de adentro y de afuera.

V. La lección histórica: así se construyó el Imperio
Para entender lo que puede venir, conviene revisar cómo Estados Unidos incorporó otros territorios a su unión.

Texas declaró su independencia de México en 1836 y fue anexada como estado en diciembre de 1845. El presidente Polk la incorporó mediante resolución conjunta del Congreso, desencadenando la guerra con México.

California y Nevada no fueron compradas ni negociadas en igualdad de condiciones. Por el Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848, México cedió el 55% de su territorio, incluyendo California, Nevada, Utah, la mayor parte de Arizona y Colorado, y partes de otros estados actuales.  El precio pagado: 15 millones de dólares. El costo real para México: la mitad de su nación.

Hawái siguió otro camino, igualmente impuesto. Las islas fueron formalmente anexadas en 1898 tras una lucha interna entre hawaianos nativos y empresarios estadounidenses por el control del gobierno.  Hawái no alcanzó la condición de estado hasta 1959, cuando el 93% de sus votantes apoyaron la estadidad en un referéndum.  Entre la anexión y la estadidad pasaron 61 años.

Puerto Rico, tomada también en 1898 tras la guerra hispanoamericana, ilustra perfectamente el limbo que podría esperar a Venezuela. Puerto Rico pertenece a Estados Unidos pero no es parte de Estados Unidos en términos constitucionales plenos — solo el Congreso puede decidir su destino definitivo.  Los puertorriqueños han votado por la estadidad en cuatro referéndums consecutivos — 2012, 2017, 2020 y 2024 — y aún no son estado.  ¿Por qué? El Partido Republicano retiró su apoyo a la estadidad de Puerto Rico en su plataforma de 2024, y sectores conservadores temen que su incorporación agregue dos nuevos senadores demócratas al Congreso.  En otras palabras: los intereses políticos de Washington pesan más que la voluntad de tres millones de ciudadanos americanos.

La lección es clara: anexar es fácil; dar igualdad plena es otra historia.

VI. Mi visión de 2004 sigue vigente: el gran proyecto de Puerto Cabello que por ser mi
región me concierne directamente

En aquella campaña que hoy recuerdo, yo no solo denunciaba la tiranía — proponía una visión de desarrollo. Planteaba la separación de Puerto Cabello y Morón de Carabobo para crear una nueva entidad federal, con una lógica de modernización integral que hoy, paradójicamente, cobra más sentido que nunca bajo cualquier escenario de reconfiguración territorial.

Si el mapa político de Venezuela va a redibujarse — sea como nación liberada o como entidad incorporada a la administración estadounidense en forma de condados — ese rediseño debería incluir:

  • Un gran corredor costero: desde las playas de Falcón hasta Patanemo, unificado como polo
    turístico de clase mundial.
  • Puerto Cabello como puerto de aguas profundas: dragado y expandido hacia el este, el oeste y
    el sur hacia Trincheras, con descarga directa sin almacenamiento intermedio para abaratar costos
    al consumidor final.
  • Una autopista interestatal con túneles desde Maracay hasta Puerto Cabello y Morón, con
    variantes hacia Yaracuy y Falcón por Urama y Boca de Aroa.
  • Un aeropuerto internacional de primer nivel en la zona de Urama, conectado por ferrocarril al
    eje Puerto Cabello–Barquisimeto, retomando y modernizando el corredor ferroviario con
    experiencia y tecnología estadounidense.
  • Grandes represas para sostener el desarrollo urbanístico y turístico de toda la franja costera.
    Esta no es una fantasía — es un plan. Y si Estados Unidos va a quedarse con nuestro territorio,
    que al menos lo desarrolle. La pregunta que le hacemos a 
    Washington no es solo geopolítica: es humana. ¿Traerán bienestar real a todos los venezolanos, o
    solo extraerán nuestra riqueza como otros lo hicieron antes?

  • VII. Lo irremediable y lo que podemos exigir
    Si Venezuela marcha inexorablemente hacia convertirse en el Estado 51, los venezolanos tenemos el derecho — y el deber histórico — de establecer condiciones:
  1. Bienestar universal, no solo para las élites de turno.
  2. Libertad de expresión y pensamiento garantizada constitucionalmente, como en cualquier estado americano.
  3. Participación política plena, con representación real en el Congreso de Washington.
  4. Un plan Marshall venezolano que reconstruya la infraestructura destruida por décadas de
    chavismo.
  5. Preservación de nuestra identidad — idioma, cultura, historia — como condición no negociable.
    Puerto Rico lleva 127 años esperando esa igualdad. Que Venezuela no cometa el error de entrar
    sin exigirla desde el primer día.
    VIII. Las razones reales: El botín que Washington no puede ignorar

Detrás de toda geopolítica hay intereses concretos. Y en el caso de Venezuela, los intereses de Washington son de una magnitud que explica por sí sola cualquier estrategia de largo plazo, incluyendo la más extrema: la anexión definitiva.

El petróleo: el número uno del mundo, sin discusión.

Venezuela según literatura publica, concentra 303,2 mil millones de barriles de reservas probadas, el 19,4% del total global según la OPEP — situándose muy por encima de Arabia Saudita con 267,2 mil millones. Para comparar: Estados Unidos tiene apenas 45 mil millones de barriles, es decir, Venezuela posee 6,7 veces más reservas que su propio territorio.  Y eso es solo lo probado. Las estimaciones de reservas recuperables de la Faja del Orinoco oscilan entre 100.000 y 513.000 millones de barriles adicionales, según la actualización del Servicio Geológico de Estados Unidos de 2009.  Sumadas las reservas profundas sin explotar, estamos hablando de una riqueza hidrocarburífera sin paralelo en el planeta. Quien controle Venezuela, controla la energía del hemisferio occidental por generaciones.

Los minerales estratégicos: el subsuelo del siglo XXI.

Venezuela posee la cuarta mayor reserva de carbón de Sudamérica, grandes cantidades de coltán -mineral indispensable para fabricar teléfonos, computadoras, GPS y consolas de juego- además de bauxita, níquel, diamantes, tierras raras y uno de los mayores depósitos de oro del planeta.

Según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), 24 minas de oro identificadas contienen un estimado de 74,98 millones de onzas, equivalentes a 2.434 toneladas.  En la era de la transición energética y la guerra tecnológica con China, estos minerales críticos valen tanto o más que el petróleo.
El uranio: Pérez Jiménez tenía razón, y EEUU ya lo sabe.

El sueño del general Marcos Pérez Jiménez de construir reactores nucleares para generar energía eléctrica barata – que la Cuarta República desperdició por décadas de desidia -tuvo un epilogo revelador esta semana. Estados Unidos acaba de completar la retirada de 13,5 kilogramos de uranio enriquecido al 20% del reactor de investigación RV-1 del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), en coordinación con el Reino Unido y el OIEA. El RV-1 fue el primer reactor nuclear de Venezuela y uno de los pioneros de América Latina, que operó desde 1960 hasta su cierre en 1991.  La propia Administración Nacional de Seguridad Nuclear de EEUU lo calificó como “una victoria para Estados Unidos, Venezuela y el mundo”, declarando que gracias al liderazgo de Trump, los equipos completaron en meses lo que normalmente habría tomado años.  Dicho sin eufemismos: ese material salió de Venezuela rumbo a las instalaciones nucleares de Savannah River, Carolina del Sur. Sin pago conocido. Sin debate público. Como si fuera lo más natural del mundo.

La posición geográfica convierte a Venezuela la llave del Caribe ante China.

Casi tres mil kilómetros de costas al norte de Suramérica, con acceso directo al Caribe, al Atlántico y a las rutas comerciales más estratégicas del hemisferio. Ante la emergencia de China como potencia naval —con una flota de guerra que ya supera en número a la de Estados Unidos— controlar Venezuela equivale a cerrar la puerta trasera del continente americano. Este es un argumento que une a republicanos y demócratas por igual, porque trasciende la política partidista: es pura supervivencia estratégica de la superpotencia.

IX. El Dilema del 51: 
¿Venezuela o Puerto Rico primero?

Y aquí surge la pregunta que nadie en Washington formula abiertamente pero que todos calculan en silencio.

La ex vicepresidenta Kamala Harris acaba de declarar públicamente que el Partido Demócrata “tiene que hablar de la estadidad para Puerto Rico y Washington D.C.”, enmarcándolo como estrategia ante las elecciones de medio término.  Harris lo planteó en el contexto de la redistribución de distritos electorales, argumentando que la incorporación de Puerto Rico como estado podría aumentar las delegaciones demócratas en el Congreso.  La aritmética es simple: si los demócratas toman el Congreso en noviembre de 2026, Puerto Rico podría convertirse en el Estado 51 antes de que Venezuela complete su proceso de reconfiguración territorial.

Los puertorriqueños han votado por la estadidad en cuatro referéndums consecutivos – 2012, 2017, 2020 y 2024 – y siguen esperando que el Congreso actúe.  Tienen la voluntad, tienen la ciudadanía, tienen el historial. Lo que no han tenido es la coincidencia política en Washington.

Venezuela, en cambio, no tiene ciudadanía americana, no ha votado, y su proceso es abiertamente militar. Pero tiene algo que Puerto Rico no tiene: la riqueza estratégica más codiciada del planeta.

El dilema es inédito en la historia americana: ¿cuál llega primero al número 51? ¿El territorio que lo pide desde hace más de un siglo con todos los derechos ciudadanos, o el país que acaban de conquistar militarmente con las mayores reservas de petróleo del mundo?

La respuesta a esa pregunta definirá no solo el mapa de América, sino la naturaleza real de lo que está construyendo Donald Trump -y lo que vendrá después de él.

*César Ojeda fue candidato político en Puerto Cabello, estado Carabobo, Venezuela, y analista
político con más de dos décadas de activismo opositor documentado en medios regionales

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