Opinión

CONFINADOS A LA MUERTE: Rituales oscuros de la Revolución Bolivariana

William Jiménez Gaviria / Venezuela RED Informativa.us

El 29 de julio de 2024, un grito desgarrador atravesó el cielo venezolano. Fue la juventud, harta de vivir encadenada a la tiranía, la que alzó su voz y su furia contra el engaño. Ese día, el país presenció una rebelión encendida por la dignidad: bustos de barro, símbolos de opresión, cayeron uno tras otro bajo la fuerza de un pueblo que se niega a rendirse.

Entre las llamas de la protesta, un instante quedó grabado en la memoria del mundo: Jobani José Romero, con el corazón en llamas y un martillo en alto, demolió una estatua de Hugo Chávez en pleno paseo que lleva su nombre, en la ciudad de Coro, estado Falcón. Ese golpe al ídolo fue un himno libertario, una chispa que desató la furia del régimen.

La respuesta fue brutal. Una persecución sin tregua envolvió al país. Más de 3.000 jóvenes fueron arrancados de sus hogares, marcados como enemigos por haber soñado con la libertad.

Fueron arrojados al abismo de las cárceles, donde la tortura es rutina, y el sufrimiento, norma.

Entre ellos, Lindomar Jesús Amaro Bustamante y Jhoandri Joel Silva Lara, dos rostros de esperanza convertidos en blanco del odio oficial. Sus capturas no fueron errores ni excesos: fueron órdenes directas del Diosdado Cabello-Terror, ministro de Represión, ejecutadas bajo el oscuro manto del Centro Estratégico de Seguridad y Protección de la Patria (CESPPA).

Desde allí, en los sótanos del Palacio de Miraflores, se diseña la maquinaria del miedo.

Y entonces, lo impensable ocurrió.

Desde las mazmorras de Tocorón, llegó la noticia como un susurro maldito: Lindomar y Jhoandri fueron ahorcados. No hay actas, no hay justicia, solo silencio. Solo dolor. A Lindomar lo entregaron muerto, en un ataúd sin voz, enterrado bajo vigilancia, como si aún su cadáver fuera peligroso. De Jhoandri, apenas se sabe que agoniza en una celda, entre la vida y la muerte, negado de luz, familia y alimento.

¿Qué crimen cometieron? Alzar la voz. No pedir perdón. Soñar con un país distinto.

Y lo más oscuro de esta tragedia es lo que murmuran las sombras: que en las entrañas del régimen se celebran sacrificios de sangre de jóvenes venezolanos ante sus ídolos, cuyas ofrendas se elevan como agradecimiento y reverencia para mantenerse en el poder, al más icónico estilo del Imperio Romano.

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