Opinión

Testimonios de vida parte II

Carlos Rosales / Venezuela RED Informativa.us

Vivir en Venezuela yo lo calificaría como un deporte extremo: uno agonizante, lento y destructor. Soy Nicole Sofía Dalí Ferrer Medina, tengo 20 años y tuve que huir de mi propio país. Nací en el régimen chavista; nunca conocí otra realidad. Solo vi decaer mi tierra, mi familia y mis amigos.

A los 5 años aprendí a no pedir cosas que se salieran del presupuesto, no soportaba ver la cara de mi mamá al tener que decirme que no, llena de cansancio y pena, así que simplemente dejé de hacerlo. A medida que crecía, las cosas iban cambiando a peor. En casa escuchaba las palabras crisis económica y escasez de alimentos. Nos levantábamos a las 5 de la mañana un sábado solo para pasar de 8 a 10 horas en una cola bajo el sol para comprar un kilo de azúcar o harina.

Recuerdo mucho esa época. Acompañaba a mi mamá a muchas actividades políticas: Primero Justicia estaba por todas partes—marchas, campañas, reuniones, actividades con otros niños y visitas a muchos lugares. Hasta que empezaron las guarimbas (manifestaciones): fueron meses muy largos, donde el temor a morir estaba presente incluso en tu propia casa, donde dormías lejos de las ventanas para evitar una bala perdida. No volvimos a participar en Primero Justicia.

El tiempo pasa y las cosas parecían mejorar significativamente. Mi mamá empezó a trabajar para el Museo de Arte Colonial; amaba su trabajo, parecía un pez en el agua, pero no duró. Un día me dijo que renunciaba al museo y que se iba del país. El cambio fue rápido y brutal. No tardó en estar lista para partir, y cuando pasó, fue el momento más doloroso que he vivido. Mi cerebro no quería procesarlo; creí entender y hacerme la fuerte, pero el sentimiento de abandono y desolación me carcomía. El tiempo se ralentizó, sin embargo no se detuvo, jamás lo hace.

Vivía con mi abuela, pero ella era mayor y, con la ida de mi madre, enfermó y se deprimía. Tuve que cambiar mis prioridades rápidamente. Mi preocupación por hacer las compras y pagar los servicios al día superó mi dedicación a los estudios. Mis compañeros me decían “la huérfana”; cruel, pero así son los preadolescentes. El bullying y las agresiones se convirtieron en una constante con algunos compañeros. Intentaba sobreponerme a la situación, no pensar en eso y avanzar, no tenía tiempo para nada que no fuera mi familia y mi casa.

Las personas en Venezuela enloquecían más día tras día. Los robos, secuestros, violaciones y asesinatos eran algo de todos los días, cualquier mujer estaba en peligro de sufrir este tipo de ataques. En más de una ocasión intentaron agredirme o robarme, pero por ayuda divina y por buenas personas nunca lo lograron.

Pasados los años, mi mamá volvió al país. Regresó muy cambiada, no era la misma que yo recordaba y, a pesar de estar muy contenta de verla de nuevo, estar juntas fue un reto. Era complejo, ya que no era yo quien tomaba las decisiones. Ella vivía en paranoia: no quería salir ni que yo lo hiciera, tenía que llamarla a toda hora y, si no lo hacía, entraba en crisis. No me daba explicaciones, trabajaba desde casa y mi confusión crecía.

Mi etapa de curiosidad política llegó: nació un sentimiento de defender a mi país contra el régimen. Entré al partido político Voluntad Popular, participé ayudando en algunos eventos. Nunca tuve pasión por los políticos como mi mamá, pero sí por ayudar a quienes lo necesitaban. Estuve en eso algunos meses antes de que mi trabajo y estudios me absorbieran la vida.

Un día mi mamá me dijo que teníamos que salir del país y nunca volver. No me explicó mucho, pero confié en ella. Un amigo suyo nos ayudó a preparar todo: desde los documentos hasta los boletos. Teníamos que esperar a que cumpliera la mayoría de edad para evitar los trámites legales de los permisos de viaje por ser menor. Todo se movía de manera apresurada, y en un año, el 17 de octubre de 2023, pudimos salir de manera segura de Venezuela, encaminadas a Países Bajos.

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