El éxodo planificado

@lui_regresa / Venezuela RED Informativa.us
Cuando migrar no fue un accidente, sino una estrategia de la administración del Estado.
¡Claro que fue un plan!
No uno con mapas ni fechas marcadas, pero sí con efectos calculados: aligerarse de la carga social que el propio Estado creó, pero dejó de sostener.
Desmantelaron salarios, destruyeron pensiones, precarizaron escuelas, hospitales y servicios básicos.
Empujaron a millones al abismo, sin necesidad de decirlo: no los echaron, pero los obligaron a irse.
Los maestros y profesionales fueron igualados a la nada: todos cobrando lo mismo, o sea, nada.
Venezuela pasó de tener uno de los mejores salarios de América Latina al más bajo del mundo. Literalmente.
Y entonces, los que se fueron comenzaron a sostener a los que se quedaron.
Las remesas se convirtieron en política económica no declarada.
Un hermano en Lima, un primo en Miami, una hija en Madrid: dólares que entran sin exigir derechos.
¡Bingo! Negocio redondo: no invierto nada, no ofrezco crédito, no garantizo electricidad ni servicios básicos, pero igual cobro, y ¡en dólares y euros!. Y ese dinero no vuelve al país en forma de inversión social: se evapora en una red de corrupción institucionalizada que alimenta a unos pocos mientras el resto sobrevive con lo justo.
Pero el plan fue más allá.
Crearon una industria entera alrededor del éxodo. Empresas de envío de dinero, de paquetería, de transporte internacional; redes de coyotes, de traficantes de personas; vuelos sobrevendidos pero vacíos, maletas que se pierden, pasaportes impagables. Cada eslabón de la tragedia convertido en oportunidad de negocio.
La materia prima: seres humanos empobrecidos cuya única esperanza dentro de Venezuela era morirse de hambre… o irse.
Venezuela, como tantos otros países que expulsan a su gente -Colombia, Haití, México, etc.-, ha construido una parte de su economía sobre la ausencia.
Los que se fueron alivian la carga del Estado y sostienen a los que se quedaron. Es una ecuación perversa: menos inversión pública, más dependencia del dinero migrante.
El dolor convertido en oportunidad. El éxodo, en materia prima.
Según el Banco Mundial, Venezuela recibió más de 4.200 millones de dólares en remesas en 2023. En 2024: 3.800 millones.
Más que turismo. Casi tanto como el petróleo.
¿Casualidad? No. Es estructura.
Un político, caído hoy en desgracia, llegó a decir: “Con que se vayan diez millones, tenemos”.
Y se fueron. No con escoltas ni aviones privados. Se fueron a pie, en buses, en lo que fuera y como pudieron. No los echaron con decretos, pero sí con apagones, represión, con inflación, con hospitales sin insumos, con bonos en vez de salarios. Les cerraron todas las puertas hasta que la única salida fue el éxodo.
Hoy nos dicen que las remesas son señal de fortaleza familiar, que sostienen la economía del emprendimiento, son símbolo de resiliencia ante el «bloqueo».
Pero no. Las remesas no son desarrollo. Son el síntoma más claro de un país que ya no puede sostenerse a sí mismo.
Ahora los quieren de vuelta…
La crisis migratoria global cumple con devolverles a los expulsados, y el régimen quiere posar de «salvador». Montan operativos humanitarios, reparten promesas, mucha propaganda y panfleto.
Y lo más grave: está funcionando.
El plan del éxodo fue un éxito para el poder. Un fracaso para la dignidad. Y una herida abierta para millones de seres humanos.
Esta es la crónica de un país que convirtió el dolor en divisa.
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