CRITERIOS Con Pablo Medina Carrasco

Billete mata galán

Para mí, Donald Trump llegó tarde a la política de este país. Si en la época en que estaba correteando a las muchachas del concurso de Miss Universo, del cual era propietario. Si en vez de construir un imperio hotelero, de casinos, rascacielos y clubes exclusivos se hubiese zambullido de lleno en la política norteamericana, logrando la presidencia en dos oportunidades, sorteando todas las dificultades que solo él ha conseguido superar, los Estados Unidos de Norteamérica hoy serían otra cosa. Pero ni él ni nadie, aparentemente, posee la máquina del tiempo; por más que vinculen al sabio Nicola Tesla con el mismísimo abuelo de Donald Trump y a unos supuestos diagramas y planos para lograr construir un artefacto capaz de burlarse de las ajugas del reloj que supuestamente dejó el inventor.

Porque mientras Ronald Reagan arrinconaba a una Unión Soviética quebrada y sin un real. Mientras Reagan luchaba en las calles americanas una guerra en contra del tráfico de drogas. Y terminaba de recomponer la autoestima colectiva que, como país, quedó muy golpeada luego del fracaso de las guerras en el sudeste asiático, el partido comunista chino que sobrevivió a Mao, no se estaba chupando el dedo. Los chinos andaban en “algo” y eso todo el mundo lo sabía.

Hoy, casi 50 años después, Donald Trump trata a punta de aranceles, compromisos obligatorios, tuits y decirle a la primera ministra suiza, e igual a quien sea, que no le dé más explicaciones sobre lo que para él no tiene explicación alguna. ¡Otro gallo cantaría! La Norteamérica que surgió luego de la II Guerra Mundial ha sido el gran pitcher, el gran paganini y el verdadero gran hermano mayor del Hemisferio Occidental y de buena parte del resto del mundo. Con casi todo el planeta destruido, América se echó en hombros a Occidente y a la parte de Asía que las circunstancias le permitieron.

Mientras desechó olímpicamente la iniciativa del presidente de Venezuela, el general Marcos Pérez Jiménez, cuando en la Convención Panamericana propuso un plan Marshall para el continente americano con una gran pobreza que que no cesa de crecer.

¡Y a todos ellos, los europeos para que nos entendamos, los sacó de la miseria y de la ruina!

Y hoy por hoy, ni Europa, ni el Japón que América reconstruyó con sus recursos, luego de quedar hecho aliño atómico. Ni la Alemania destruida por la locura de Adolfo Hitler, ni la Francia liberada de las garras de los nazis. Ni tan siquiera la España a la cual se le permitió la sobrevivencia, hasta su propia muerte por causas naturales en su cama, de la mala bestia que fue el genocida de Francisco Franco.

Todos, toditos, fueron resucitados desde sus ruinas por EE.UU. ¿O no? Recordar, que parece que ya lo olvidaron, que continentes enteros volvieron a ser gente, luego de la devastación de la guerra, gracias al Tío Sam. Todos olvidan.

Nadie ahora quiere hacer memoria y decir que China, la actual China, es el producto de la mezcla perfecta entre el gran capital privado aportado, llevado libremente, por un gentío al paraíso donde la empresa privada puede hacer lo que quiere y como lo quiera hacer.

Y así, los industriales japoneses, los de Corea del Sur, los de los Dragones Asiáticos, los de la Alemania que se convirtió nuevamente en una superpotencia económica gracias al Plan Marshall, lo mismo que los grandes capitales y capitalistas norteamericanos que llegaron por invitación del Partido Comunista chino a China para hacerse aún más ricos pagando cero impuestos, matando de trabajo a la gente y contaminando completamente a ese país.

Con la visa para hacer lo que te dé la gana, pero solo dentro del recinto enorme que encierra la Gran Muralla. Y esa, para recordársela a todos los amnésicos del mundo fue, es y será una de las más grandes operaciones empresariales de los últimos tiempos. Es por eso por lo que cuando EE.UU. de hoy toma la decisión de competir y suspenderle las “facilidades” a la China comunista, por el control de la producción mundial, el comercio y los recursos que están en juego está compitiendo, deslealmente, en contra de los reales de la misma América.

América se muerde su propia cola. Las empresas que “producen” en la “amigable” China son tan norteamericanas como el pie de manzana, francesas, alemanas, de Corea del Norte, de España, como lo son sus dueños. Siempre garantizando “la calidad” de cualquier producto con la sola leyenda genérica de “Hecho en China”. Finalmente, ¿por cuál empresa?

Y es que “eso” importa muy poco. Lo relevante es que esta “Hecho en China”. ¡Nada más!

Pues los chinos, desde los años 80 aceptaron el compromiso del partido de los trabajadores de China de recibir “sin costo alguno” el capital, las marcas, la tecnología y los procesos de producción con que llegaron al territorio “de lo posible” de la China de los 80, occidentales, asiáticos y piratas de las finanzas con maletas llenas de dinero. Todo ello a cambio de ventajas laborales, fiscales, ecológicas y pare usted de contar inimitables.

Si no, ¿cómo se puede explicar un crecimiento sostenido y sin pausa, décadas tras décadas, de más de dos dígitos en un país que, por más milenario que culturalmente sea, hace menos de un siglo el 95% de su población era campesina y funcionaba con tecnología también de hace cinco mil años? ¡No se estudia para pendejos, recuerden!

Es por eso, Míster Trump, revertir toda esa telaraña es un peo. Recoger al capital extranjero que se ubicó felizmente en China, haciendo del capital tanto occidental como asiático literalmente libre de íes y manos, con el visto bueno del partido comunista de los trabajadores de China no va a ser fácil.

Señor presidente, usted llegó tarde para hacer lo que América debió haber empezado hace muchos años y no hizo. Le llevan 4 décadas de ventajas, un férreo sistema de control de estado centralizado y el silencio aterrorizado del pobre pueblo chino que no es capaz de decir “esta lumpia es mía”, por temor a que le den una vuelta sin retorno al paredón popular. ¡Le ganaron en velocidad, señor presidente! Ya no es fácil pedirles a los europeos que saquen su dinero de China y se lo lleven a la Norteamérica con que usted tanto sueña.

En mi tierra dicen que “billete mata galán”. Pregúntele a Marco Rubio, por favor, que queremos decir con esa frase en Venezuela.

Pero, por sobre todo, busque los aliados que son; los que deben ser. Los que siempre hemos estado.

Porque Venezuela y sus venezolanos nunca le han fallado a este país. En principio proteja a la empresa CITGO de los criminales que quieren rematarla porque es una empresa de Venezuela.

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