Opinión

¿El contrato petrolero más grande de la Historia?

Omar Jesús Estacio / Venezuela RED Informativa.us

Se le ha venido el mundo encima al supuesto “mejor y más importante contrato petrolero de la Historia”, según su promotor y gran muñidor. A saber: Porque ese convenio no contó con la previa aprobación del parlamento de Venezuela, conforme lo exige la Constitución (cfr. artículo 187, ordinal 7º) lo cual lo hace inexistente en la práctica.

Porque ni aún la aprobación a mano alzada o a voto sobaquero —las lectoras se servirán excusarnos por expresión tan poco lírica, pero el castellano es el castellano— de la sumisa Asamblea Nacional electa en 2025, subsanaría tamaña omisión, porque la instancia parlamentaria en cuestión es ilegítima por fraudulenta, absolutamente, tal como lo han venido dictaminando, entre otros, el propio gobierno de EE.UU., los países de la Unión Europea y buena parte de los distintos Estados latinoamericanos.

Porque verdaderamente, la normativa venezolana permite ciertos tipos de asociaciones en materia petrolera pero, entre ellas, no se contempla, ni de soslayo, la posibilidad de cederle a una potencia extranjera, en este caso por intermedio del Pentágono con sede en Washington D.C., el acceso preferencial del 35% petróleo nacional o la copropiedad de nuestros pozos bituminosos, a costo cero, por los siglos de los siglos.

Para males peores, algunos espontáneos para congraciarse con el señor Trump, se han lanzado al ruedo para defenderlo con motivo de la polémica alrededor del hipotético convenio. Cabría aplicarles el muy popular tópico “¡no me defiendas, compadre!”. Ha sido el caso del parlamentario republicano Carlos Giménez, quien amenazó a la señora Delcy Rodríguez con darle un tratamiento peor que a Nicolás Maduro —lo único peor que estar preso o presa es estar en el cementerio— llegado el caso de negarse a la firma del referido adefesio. Cabría informarle al susodicho, Giménez, que desde las Pandectas de Justiniano, todo negocio jurídico es anulable, entre otros motivos, cuando el consentimiento de alguno de sus firmantes haya sido arrancado con violencia o mediante intimidaciones. “El mejor contrato petrolero de la Historia de la Humanidad” (sic) en tales circunstancias, sería anulable por el más modesto magistrado parroquial con un mínimo de autonomía, independencia y, mayormente, respeto por su oficio.

Cada noche que Venezuela se haya quedado en la penumbra. Cada amanecer que sus sufridos residentes se hayan visto y se sigan viendo privados de los servicios elementales por falta de energía eléctrica, continuarán evocando a las progenitoras del grupo de “niños ricachones hijos de papá”, sin experticia en la materia, sin escrúpulos y sin otros merecimientos que sus colusiones con el nefando Hugo Chávez, se enriquecieron de manera grosera con la coartada de modernizar el sistema eléctrico del país. A menos que a los venezolanos, para que no perdamos la esperanza, nos convenzan que desde que los llamados “bolichicos” irrumpieron en el espectro eléctrico de la República lo de los continuos apagones ha sido una calumnia para atacar a esos inocentes integrantes de la referida banda. O que cuando ya no se pueda tapar el sol con un dedo, los culpables de las suspensiones de tal servicio hayan sido y siguen siendo, una iguana, el colonialismo español o los atentados terroristas de Edmundo González o de María Corina Machado.

Marco Rubio, el inefable secretario de Estado de EE.UU. del gobierno del señor Trump ha diseñado un pretendido plan estratégico para lograr la democracia en Venezuela dividido, formalmente, en tres fases sucesivas: estabilización, recuperación económica y transición. Pero los hechos siempre tercos acaban de desmentirlo, porque en esta materia el orden de los factores sí afecta el producto.

Apenas días después de la captura de Nicolás Maduro, en concreto, el pasado nueve de enero, el señor Trump convocó al Salón Oval de la Casa Blanca a los principales ejecutivos de la industria petrolera mundial para emplazarlos a invertir en la recuperación de la desmantelada infraestructura petrolera venezolana. Pero no. He aquí que el eje o la viga maestra del “mejor y más importante contrato petrolero de la Historia” no se concretó con ninguna de las empresas en referencia. La razón es muy sencilla: a las más prestigiosas corporaciones de ese ramo y cualquier otro —sin ser ningunos arcángeles— no les atrae negociar con gobiernos ilegítimos, como el presidido por la señora Rodríguez. En otras palabras, los potenciales inversores –los serios, no los lavadores de dinero negro— a contravía de la hoja de ruta del señor Rubio, exigen primero democracia, imperio de la ley y Estado de Derecho para después arriesgar su dinero.

A falta de requisitos tan elementales, surgió como caído del cielo uno de los fementidos modernizadores de la industria eléctrica nacional, antes referidos. No quisiera estar equivocado. Pero me temo que el cacareado “contrato petrolero más grande de la Historia” no es otra cosa que una engañifa más para mimetizar la improvisación, la imprudencia, la falta de pericia, el fracaso –en una palabra– de la reciente guerra contra la tiranía fundamentalista iraní. Y pensar que tal situación, de todas, sería la menos grave.

@omarestac

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