Opinión

El desnudo de una mentira

Alfredo R. Mosqueda / Venezuela RED Informativa.us

Cuando no se supera el pensamiento de contagio social sobre lo que oímos o leemos, surge la imposición del pensamiento de grupo y, por extensión, la creación de una falsedad con tono épico convirtiéndose en «verdad» a fuerza de repetirse. Sin buscarlo descubrí este curioso y debatible hallazgo, el cual ilustra el desnudo de una histórica mentira. <<Nicolás Maquiavelo (1469-1527), ha sido acusado de ser el inventor del Maquiavelismo, es decir, de actuar con extrema malicia. En su obra El Príncipe, un tratado político donde el diplomático y filósofo italiano expone sagaces teorías de gobierno para que los príncipes se mantuvieran en el poder, desvinculándolo de la honestidad, debido a que consideraba que «La razón de Estado estaba por encima de la moral». Pese a la insistencia en asociarle aquella polémica sentencia, nunca escribió eso de que el fin justifica los medios.

Pero en el siglo XVII Blaise Pascal dijo que sí lo había hecho, todo el mundo lo creyó y comenzó a repetirlo. Harto de aquella tontería, el jesuita Peter Roh ofreció en el año 1852, una recompensa de 1000 florines a quien encontrara la famosa frase. Hasta hoy nadie la ha reclamado y se cree que fue el teólogo alemán Hermann Busenbaum quien apuntó en su libro, Médula de la Teología Moral: «Cuando el fin es lícito, también lo son los medios», de donde presumiblemente nació la tergiversación atribuida de manera impropia a Maquiavelo>>.

Aun así, algunos historiógrafos ubican otros posibles orígenes y señalan que la frase igualmente ha sido atribuida erróneamente -aunque no con el mismo empeño- a personajes como Napoleón Bonaparte e Ignacio de Loyola. Razón por la cual el asunto sigue siendo objeto de especulación y debate.

Con relación a este desconcertante episodio, Aldous Huxley novelista británico, sostuvo que no estaba de acuerdo con la cita «el fin justifica los medios», por la sencilla e implacable razón de que son precisamente los medios los que determinan la naturaleza del fin; o, dicho de otro modo, si los medios son perversos, el fin termina inevitablemente contaminado por esa perversidad. Algo así como, cuando el veneno cae en la raíz lo contamina todo, hasta la última hoja se marchita. En el mismo sentido, la doctrina del bien superior, la cual refiere la búsqueda del fin último vinculando todas las acciones del hombre a la moral, defiende con firmeza que el fin no justifica los medios, porque cuando la necesidad carece de ley, no existe otra ley que la voluntad del más fuerte. Vladimir Lenin, por ejemplo, expresó en una agitada ocasión, «Que mueran los que tengan que morir, pero la patria debe vivir».

En un ligero desglose, el fin es la patria y los medios son la muerte. Así de cruel y despiadado es el argumento contenido en la expresión «el fin justifica los medios». Exigiéndonos observar con inmediata prioridad, que nos encontramos con medios que no son tan deshonrosos, sin embargo, presenciamos otros que son visibles y escandalosamente destructivos. Además, conviene aclarar que la astucia no es propiamente maldad, es más bien, la habilidad humana para engañar y conseguir aquello que a cada quien le interesa.

Considerando todo lo anterior, lo que resulta preciso y concluyente es que Maquiavelo en su controvertido tratado lo que pretendió fue sistematizar el poder político, tal como Sun Tzu el legendario teórico militar sistematizó la guerra, enseñando a los príncipes cómo alcanzar el poder y esencialmente el desenvolvimiento estratégico necesario para mantenerse en él. Pero de forma repetitiva, su astucia ha sido confundida con la condición de perversidad. Tal vez, hayan escuchado en algún momento y en escenarios de maldad, intriga y traición el memorable y recurrente dicho, ¡Tú sí eres maquiavélico!

En consecuencia, el desmontaje histórico de este acontecimiento nos compromete a no pasar por alto la máxima del jurista y politólogo italiano Norberto Bobbio: «El deber del hombre de cultura, es más que nunca sembrar dudas, ya no recoger certezas». La duda no siempre constituye debilidad o inconsistencia intelectual; por el contrario, representa la profundización del pensamiento, una perspectiva más amplia y cercana a la realidad. Porque cuando la duda desaparece, el error comienza a gobernar como certeza.

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