La palabra que califica a la persona

Santos Luzardo* / Venezuela RED Informativa.us
Quizás, una de las más precisas por atinadas formas de conocer el valor de una persona es saber si cumple su palabra, lo que se cuenta desde la puntualidad para cualquier evento hasta la responsabilidad que involucra la vida de otras personas.
La palabra cuando se otorga surte efectos de contrato verbal que incluye hasta los más altos bienes jurídicos en personas que entienden de los valores sobre los cuales es posible sostener las sociedades.
Las virtudes como el honor, la dignidad, la responsabilidad, la honestidad y muchos otros nobles principios, son sin lugar a dudas el oficio más eficiente para la libertad, sea para obtenerla, sea
para mantenerla o para merecerla.
Dijo El Libertador: «Un pueblo pervertido si alcanza la libertad, muy pronto vuelve a perderla; porque en vano se esforzarán en mostrarle que la felicidad consiste en la práctica de la virtud».
La persona que da su palabra y no la honra manifiesta su identidad y voluntad por lo que no debería tener derechos. Le correspondería vivir hasta una capitis diminutio máxima, que consistía en la pérdida de la libertad y de la ciudadanía. porque el derecho nace del cumplimiento de las obligaciones y el incumplimiento de ellas es la fuente de todo delito o perversión social.
Jurisdicción por antonomasia es el poder sobre un territorio determinado, sin embargo, significa etimológicamente iuris dictio, decir del derecho. Es la palabra del que sabe del derecho y es justo, por lo que se constituye en magistrado para corregir los desafueros de los individuos.
No obstante, ser justo es una condición excepcional de la persona natural que requiere un conjunto de elementos muy poco comunes en el ser humano, como sabiduría, nobleza, compromiso con la verdad y el deber y no ser enajenado mental como consecuencia de vicios y demás desafueros. Es decir, no ser un concupiscente e ignaro del camino recto que señalaba Giorgio Del Vecchio, entre tantos tratadistas que interpretan a los avatares de la virtud.
Sería imposible pretender justicia con magistrados solo de nombres y cargos, y los que lograrán tener el don de la probidad no podrían atender tanta demanda de justicia como existe y cuya falta tiene al mundo sumido en una tragedia permanente y sin fin.
Por esa razón, el poder de la norma moral y ética sería una aspiración de solución y esa norma es el cumplimiento de la palabra que, por lo pronto, resulta ser una suerte de ilusión abstracta por surrealista, por lo que aún viviremos en un mundo moralmente perdido sin posibilidades de justicia y tendremos que aprender a vivir en el caos de la ignominia de la esclavitud, «la hija de las tinieblas, por la reina de las virtudes republicanas».
La esclavitud que viven muchos, aunque no la perciben, se deriva de la mera condición de no ser merecedores de la libertad aunque crean tenerla, ya señalado ut supra.
Nunca podrá surgir una sociedad «sin palabra» de sus individuos, estaría condenada al caos en donde reinan los máximos exponentes de la inmoralidad y la mentira, la mayoría de los politiqueros, que han degradado tanto la condición humana, ellos nunca podrá ser una solución.
La palabra resultan ser tan determinantemente importantes que se inventó la solemnidad del juramento como garantía de su cumplimiento, y juran los militares, juran los políticos, juran los magistrados. ¿Esos juramentos serán como el que hizo Simón Bolívar el 15 de agosto de 1805 en el Monte Sacro o la diferencia es tan marcada como el mismo tiempo pretérito de aquella virtud con los tiempos presentes del «no tener palabra»?
*De la Orden de los Caballeros de Fénix
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