La Sonrisa de mi madre María Luisa Carrasco

Pablo Marcial Medina Carrasco / Venezuela RED Informativa.us
La sonrisa de mi madre era como un arcoíris. No hay forma de no mirarlo. No hay forma de no sentirlo.
Esa Sonrisa volaba como abeja, dando al vecino su miel dorada, con sabor a la granada.
Como brisa recorrió barriadas. Secando lágrimas maltratadas al enfermo y al desdichado.
Sació al hambriento y desarmaba al delincuente.
Con esa sonrisa visitó poderes públicos, tocando puertas que se estremecían con su presencia, abriéndolas de par en par y oír la dulce corneta del clamor de su pueblo.
Saludaba a los consagrados Coralistas y a los niños extasiados con el Coro de Campanas.
Esa Sonrisa estaba ahí, frente a su madre, nuestra abuela, quien también le repicaba como un contrapunteo.
Saludaba a su mascota Toñeco y el animal respondía al eco con su cola.
Al recibir el agua cotidiana, el majestuoso árbol de mango y sus ramas bailaban como un tango o una danza tamunanguera.
Mi madre regaló a cada uno de sus doce hijos un corazón y como le sobraba amor también donó un corazón a Olivia.
Su Sonrisa la tengo frente a mí en una salita de exilado en un cuadro, donde me mira y yo la miro. Que Dios y la Virgen María cuiden de su inmortal sonrisa en el eterno cielo.





Una sonrisa que aún nos guía, como rastro luminoso en la memoria. Hermosas palabras, que no solo evocan su ternura sino también su fuerza y dignidad. En el trabajo de archivo que emprendemos, esta imagen —su sonrisa inquebrantable, tejida con amor y justicia— es brújula y testimonio. María Luisa sigue hablando en cada gesto que rescatamos, en cada recuerdo que se ordena como quien arma una casa para que habite el tiempo.