Venezuela

Manuel Blum, el venezolano autor de «un protocolo para resolver problemas imposibles», hoy triunfa en EEUU

Glenda Romero / Venezuela RED Informativa.us


Manuel Blum, venezolano y nacido en Caracas, es considerado un pionero de la informática teórica. Fundó la teoría de la complejidad computacional y es el único latinoamericano en ganar el Premio Turing. Cuando era pequeño, una maestra en Estados Unidos le dijo a su madre que ni pensara que iría a la universidad, que «con suerte terminaría la secundaria». «Mi pobre mamá respondió que yo era inteligente, solo que no hablaba inglés». Para fortuna de su familia y de quienes usamos internet, esa maestra se equivocó.

No solo estudió en el prestigioso Massachusetts Institute of Technology, MIT, sino que también ganó en 1995 el Premio A. M. Turing, considerado el Nobel de Computación.«Las contribuciones de Manuel Blum a la informática son fundacionales, especialmente en áreas teóricas profundas, pero su influencia también moldea silenciosamente la tecnología de la que dependemos a diario», le indica a BBC Mundo Sheon Han, programador y escritor radicado en California.

A esos extraordinarios aportes, se suma su trayectoria docente. Ha sido mentor de ganadores del Premio Turing y de otros importantes galardones.«Sus estudiantes son reconocidos como líderes en el campo y han plasmado el estilo de Manny de cuestionamiento agudo y análisis de fundamentos». Actualmente, Blum investiga la conciencia desde la perspectiva de la computación teórica.

Su interés en el cerebro se remonta, en parte, a ese niño que llegó a pensar que «la maestra tenía razón».Los padres del ingeniero eran judíos asquenazíes originarios de Rumania.«La comunidad judía sefardí puso el dinero para que mis padres pudieran llegar a Venezuela». Manuel Blum recuerda un día que sus padres lo llevaron a él y a sus dos hermanos menores al Parque del Este de Caracas. «Había unas mesas y unos niños dibujando. Apenas me vio la maestra, me dio hojas y creyones». Es uno de muchos recuerdos lindos, que tiene de Venezuela.

«La familia de mi papá era pobrísima, no tenía ni para comer, pero en Venezuela, lo consiguió», le cuenta a BBC Mundo desde Estados Unidos.Mientras otros miembros de su familia paterna se fueron a Venezuela, , la familia materna, que era más pudiente, decidió quedarse en Europa, pero, tiempo después, se produciría el ascenso del nazismo. «Los llevaron a un campo de trabajos forzados en Rumania. No tenían comida ni medicinas. No los mataron».«Lograron sobrevivir y también llegaron a Venezuela». El ingeniero, que nació en Caracas en 1938, tiene «muchos recuerdos lindos» de su infancia en Venezuela.
Años después, su familia lo llevaría a vivir al Bronx, en Nueva York. Sus padres, que le hablaban en alemán, decidieron empezar a hacerlo en español. Eran los tiempos de la Segunda Guerra Mundial y en su nuevo país, «la gente no quería oír alemán».

La predicción de su maestra de primaria, dice Blum, «no fue mala para mí». «Yo quería ser más inteligente», evoca el profesor sobre esa época. Y, por eso, le empezó a preguntar insistentemente a su padre qué podía hacer para lograrlo. «Un día me dijo: ‘Si entendieras cómo funciona tu cerebro, podrías ser más inteligente’. A mis 8 años, recuerdo haber pensado: ‘¡Qué idea tan magnífica!’. Eso era exactamente lo que yo quería: entender mi cerebro». «Desafortunadamente, mis notas eran malísimas. En cuarto grado saqué U en todas las materias, excepto en matemáticas y ciencias, que saqué mi primera S».

No sabía que significaban esas letras y cuando le preguntó a su papá, le respondió que U era una buena calificación y «una S aún mejor». Después se enteraría de que U era unsatisfactory y S, satisfactory.
El lazo con Venezuela continuó. De hecho, sus padres volvieron y vivieron varios años en Caracas.
«Ha realizado un trabajo influyente en lógica y criptografía, y formuló un modelo de computación completamente nuevo. Y aunque no se lo propuso, también ha dedicado gran parte de su tiempo a crear instituciones para ayudar a las mujeres a seguir sus pasos».

Así lo escribió Ben Brubaker en «The ‘Accidental Activist’ Who Changed the Face of Mathematics» («La ‘activista accidental’ que cambió el rostro de las matemáticas») en Quanta Magazine. La pasión por la ciencia del joven Manuel aumentó y, con ella, vendrían muchos logros. «Tuve la suerte de entrar al MIT. Allí aprendí a pensar». Estudió ingeniería eléctrica en parte porque pensó que los circuitos eléctricos le ayudarían a comprender cómo funcionaba el cerebro. Después haría un doctorado en matemáticas.

En 1995, el ingeniero recibió el Premio Turing «en reconocimiento a sus contribuciones a los fundamentos de la teoría de la complejidad computacional y su aplicación a la criptografía y la verificación de programas». Es el único ganador de esa distinción nacido en América Latina. «Más allá de la teoría», dice el programador, Blum también ayudó a desarrollar unas pruebas que ahora nos resultan muy familiares y que «demuestran que eres un humano en internet».

Fue así como, en 2003, presentó -junto a otros tres investigadores- «CAPTCHA, una prueba automatizada que los humanos pueden pasar, pero los programas informáticos actuales no». La destacada carrera de Lenore Blum en los campos de las matemáticas y la informática se expande seis décadas. Para el investigador, la «conciencia tiene que ver con la sensación fenoménica, en contraposición al mero conocimiento». «Quería comprender qué tiene el humano en el cerebro que lo hace sufrir», es decir, qué es lo que posee que no se limita a saber que se ha lastimado. «¿Qué es lo que les falta a los robots para poder sufrir como los humanos?».

Blum cita al filósofo David Chalmers, quien distingue entre un problema fácil y uno difícil.«Lenore (su esposa) y yo tenemos un modelo para entender la conciencia», afirma. «Ese modelo es lo suficientemente simple como para explicarle a mi yo más joven, al niño de 10 años, lo que quería entender sobre lo que pasa dentro del cerebro».- «¿Y cómo se lo explicaría?», le pregunto. «Le diría que dentro de la cabeza tenemos un auditorio grandísimo compuesto por unos 10 millones de personas que están mirando un escenario donde pasan cosas».

Esa es una idea que aprendió del psicólogo Bernard Baars, autor de «In the Theatre of Consciousness» («En el teatro de la conciencia»). Ese libro de 1997, que combina la psicología y la ciencia del cerebro, presentó las ideas que científicos notables tenían sobre los procesos vinculados a la experiencia consciente y se centró en la metáfora de la mente como un teatro. «Nuestro modelo matemático explica cómo trabaja ese auditorio», precisa el ingeniero. «No es el modelo que un neurofisiólogo quisiera. Este es un modelo muy simple, el que un niño de 10 años hubiera querido tener y hubiera podido entender».

La cifra de 10 millones de personas en el auditorio que el profesor Blum nos invita a imaginar es porque en el cerebro hay 10 millones de columnas corticales, que son unas formaciones verticales que se extienden por la corteza cerebral. «Cada columna tiene unas 1.000 neuronas y trabaja como un computador pequeñito», explica el investigador. Pensemos que cada uno de esos computadores portátiles tiene una memoria cuya vida no supera los 50 años y que, al principio, no están conectados entre sí.

«Si uno de estos computadores tiene algo que decir, va al escenario y se lo transmite a los 10 millones de computadores o personas. Si otro computador o persona quiere responder, va al escenario y lo hace». «Si dos personas en el auditorio conversan lo suficiente, crecerá una conexión entre las dos y podrán comunicarse sin tener que subir al escenario». Ahora piensa en este ejemplo que te sonará familiar: vas a una fiesta y empiezas a hablar con alguien que tienes la certeza de que conoces, pero no recuerdas su nombre. Lo que pasa en el auditorio es que hay una persona que decide hacer algo: «Sube al escenario, agarra el micrófono y les transmite a las 10 millones de personas un mensaje: ‘¡Qué vergüenza! No recuerdo el nombre de esta persona. ¿Cómo se llama? ¡Ayúdenme!’.

Y las personas en el auditorio se ponen a pensar en eso. Una sube y dice: ‘No sé el nombre, pero sé que la conocí en la escuela’, otra más sube y da otra pista y así sucesivamente». «Y eso es muy interesante porque indica que al menos una de esos 10 millones de personas siguió pensando en eso, alguien en ese auditorio dio con el nombre porque se puso a trabajar duro para encontrarlo y tú no lo sabías, ibas conduciendo. De hecho, se te había olvidado el asunto hasta que de repente la respuesta salió de ese auditorio». «Eso es parte de nuestro modelo matemático que llamamos la Maquina Teórica de la Conciencia, the Conscious Turing Machine, que está inspirado en Turing, en la teoría moderna de la computación eficiente, y en la neurología».

El matemático inglés Alan Turing, considerado el creador de la informática moderna, ideó en los años 30 del siglo pasado la que se conoce como máquina de Turing, que es un modelo conceptual de computación, una máquina abstracta, no un aparato tangible. «A pesar de su simplicidad, la máquina puede simular cualquier algoritmo informático, sin importar lo complicado que sea», señalan desde la Universidad de Cambridge.

En el ejemplo del auditorio, el profesor hace una comparación: cuando una persona está en el escenario transmitiendo una información a los otras 10 millones de personas «es igual a cuando uno le pone atención a algo y le surge un pensamiento». «Aunque eso no explica cómo se siente el sufrimiento, sí permite saber que se tiene un dolor: la persona que sube al escenario dice, por ejemplo: ‘Tengo un dolor terrible en mi pierna’ y, así, todos en el auditorio saben que tiene ese dolor, aunque aún no lo padezcan. Entender cómo se sufre requiere más exploraciones en nuestro modelo». Con información de BBC News Mundo.

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