Opinión

Naturaleza del todo: Las nuevas cruces III

Gilberto Mayorca Yánez / Venezuela RED Informativa.us

Las creencias inducidas o preestablecidas o impuestas o acordadas y siempre finalmente aceptadas, constituyen una fórmula de control para el objeto de todo control, disponer de la voluntad humana hasta donde sea posible.

Mucho se ha escrito del control social, autores como Michel Foucault dicen que las instituciones disciplinarias como la cárcel y la vigilancia son para normalizar el comportamiento social; Gilles Deleuze describe las «sociedades de control», Luis Recaséns analiza las normas y poderes sociales que regulan la conducta, etc. No es que sean malos o buenos en sí, necesarios o no, es cómo y para qué se emplean.

El punto de interés capital es: las creencias que hacen aceptar determinados mecanismos de control como buenos y necesarios.

Estos medios van desde las religiones, las leyes con sus sanciones como medio de justicia, los llamados principios, valores, buenas costumbres y en general las creencias de aceptación universal que pretenden el bien, pero no lo aseguran.

Referiré los dos sistemas de creencias más influyentes: el religioso, desde la Epopeya de Gilgamesh, el Génesis de Eridu y el mito de Atrahasis, pasando por el Tanaj de los judíos, el Rig Veda, los Upanishads
del hinduismo, el Libro de los Muertos de Egipto, el Popol Vuh de los mayas, el Tao Te Ching del taoísmo chino, el Zend Avesta del zoroastrismo persa, el Tripitaka del budismo hindú hasta las Biblias de los cristianos.

En cuanto a normas coercitivas, desde la ley escrita más antigua, el código babilónico del rey Hammurabi, casi 2.000 años antes de Cristo, estableciendo un sistema de pretendida justicia, pasando por las leyes mosaicas dizque más humanas, la ley de las Doce Tablas romanas y todas sus demás «leyes y códices», el Liber Iudiciorum, convertido en el «Fuero Juzgo» español hasta las leyes de nuestros días, constituyen una acendrada creencia de que con esos inventos, por milenarios, se hace justicia.

Cualquier observador casual de este texto diría con rauda facilidad despectiva, si no es con la ley, «¿con qué?», yo respondería: «seguro que NO con su imaginación creativa». Sin embargo a otro interesado le doy la solución.

La dialéctica en su estado de conclusión es resoluble desde la evaluación de resultados. Una sociedad que pretende vivir de teorías de espalda a las prácticas que constituyen realidades vive engañada, es decir, creyendo, con su cruz a cuesta.

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