¡QUÉ DESCARO!

Yolanda Medina Carrasco / Venezuela RED Informativa.us
Con un cinismo único, Diosdado anuncia la puesta en marcha de la Ley de Extinción de Dominio en Venezuela. Es decir, otra de las mamarrachadas de un régimen supremamente ladrón y bandido, que le miente a la gente diciendo que, ahora, están en el propósito de combatir la corrupción administrativa que ellos mismos han fomentado y practicado en todos los años que llevan en el poder. ¡Dios Santo!
No hay duda que los sinvergüenzas del régimen de Caracas creen en el cuento aquel de repetir mil veces una mentira. El individuo que instaló junto con su jefe Chávez al narcotráfico como actividad de estado dentro de Venezuela, luego de la parodia del desfile de las bragas naranjas, se pinta ahora como muchacho recién salido de hacer la primera comunión.
Una ley inspirada de algún otro país, pero decente, propone quitarte las cosas que los corruptos o sus testaferros se hayan cogido, mientras se averigua de dónde sacaron el dinero para tenerlas. O sea, que todos estos bichos deberían volver a moverse en camionetitas por puesto, vivir en los bloques de Catia de donde salieron e invisibilizar sus villas en la Toscana italiana, como le resultó imposible hacer al malandro de Maikel Moreno, antes que el estado italiano recupera un poquito de vergüenza y se la expropiara.
Además esta ley se parece a la Ley Sapo, aquella que finalmente engavetó Chávez y que ponía a la gente a acusar a todo el mundo en contra del otro medio mundo.
Como si no se supiera que en Venezuela quienes son los grandes corruptos, quienes les han volteado los bolsillos a todo el país y a toda la gente, son quienes han estado, están y tratan de mantenerse enchufados con la fábrica de zánganos y delincuentes que ha sido, fue y será el chavismo.
El teatro a la cubana con los mismos elementos falsos y desvergonzados usados en contra del pueblo de ese pobre país, los tratan de pasar como cosa nueva en el nuestro. Se les está agotando, como dice mi hermano Pablo, la suerte y la creatividad a todos esos individuos. Yo creo que los imbéciles son ellos, porque nadie en su sano juicio puede pensar que la honestidad y la honradez sea, ni mucho menos, alguno de los valores conocidos ni mucho menos practicados por alguno de esos fulanos.



