Un exilio forzado: Huir fue inevitable

Carlos Rosales / Venezuela RED Informativa.us
La historia de Adriana Valentina Medina González es un grito que desgarra, un testimonio vivo de lo que significa pensar distinto en la Venezuela gobernada por el chavismo. Activista política, defensora de los derechos humanos en Mérida y licenciada en Letras, mención Historia del Arte, desde sus años en la Universidad de Los Andes (ULA) decidió que jamás callaría frente a la injusticia. Ese compromiso, que la llevó a militar durante casi dos décadas en Acción Democrática y más tarde seis años en Voluntad Popular, terminó convirtiéndose en su condena.
La revolución socialista la puso en la mira. Los grupos afectos al régimen chavista, que irrumpieron en la ULA con campañas ideológicas y amenazas sistemáticas, la señalaron como enemiga irreductible. Adriana no claudicó. Esa firmeza le costó una persecución feroz, encabezada por operadores políticos que no dudaron en atentar contra su libertad, su trabajo y hasta su vida.
Uno de los más insistentes fue Rómulo Caledón, un conocido “patriota cooperante” del chavismo. Desde motorizados que la seguían para intimidarla, hasta intentos de extorsión bajo amenaza de destruir su estabilidad laboral en el Museo de Arte Colonial de Mérida, las presiones se hicieron insoportables. Obligada a abandonar su empleo, comprendió que se avecinaba lo peor. No le perdonaban haber sido parte del Movimiento 13 de la ULA, donde jóvenes estudiantes levantaron la voz contra las violaciones de derechos humanos cometidas por el régimen de Nicolás Maduro.
Buscando refugio en Colombia, pensó que había encontrado un respiro. Se equivocó. Dos hombres vinculados al mismo círculo de Caledón la abordaron en un tren, lanzándole amenazas de muerte: “Eres una traidora de la patria. Ya sabemos dónde vives”. El terror la obligó a huir nuevamente, esta vez hacia Perú. Pero allí, lejos de encontrar calma, fue víctima de una brutal golpiza y un intento de agresión sexual por parte de sujetos que, una vez más, demostraban ser piezas de la red de colectivos chavistas desplegados en toda Latinoamérica.
La conclusión era inevitable: debía abandonar el continente. Sólo desde Europa logró hallar un lugar seguro, lejos —aunque nunca del todo— de las garras de un régimen que exporta miedo más allá de sus fronteras.
La historia de Adriana Medina es también la de miles de venezolanos que han tenido que elegir entre el exilio, la cárcel, el silencio o la muerte. Defender la libertad en Venezuela se paga caro. Desde Hugo Chávez hasta Nicolás Maduro, la política del hambre y la represión ha tejido un aparato donde el que disiente es perseguido sin tregua.
Adriana sobrevivió, pero lleva en su memoria las cicatrices del acoso político más despiadado. Su voz, desde el destierro, recuerda al mundo que en Venezuela la diferencia de pensamiento sigue siendo motivo de persecución, violencia y destierro forzado.
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