Por decir la verdad murió Cristo


Quien le pasó la chuleta al presidente Donald Trump sobre la nacionalización de la industria petrolera venezolana por CAP en el año 1974, se peló. ¡Historia y memoria no tan antigua, mi vale! Primero: Desde la era de Juan Vicente Gómez, con el inicio de la Venezuela petrolera, nunca jamás, ni siquiera aquellos enchufados de principios del siglo XX, se atrevieron a “regalar” ni el suelo, ni el subsuelo donde duerme el crudo venezolano desde la era de los dinosaurios. ¡Eso es nuevo!
Esa desgracia la inventaron los rufianes del régimen del Cartel de los Soles. Solo estos malnacidos del siglo XXI han sido capaces de regalar un millón de hectáreas a los iraníes para que hagan con nuestro país lo que ellos quieran. ¡Que sepamos! Los chinos y cualquier otro gobierno de malvivientes igualmente han recibido lotes completos de tierra venezolana, presumiblemente ricos en petróleo y todo tipo de minerales, patrimonio de la nación venezolana.
En el año 1974, un presidente extremadamente corrupto como lo fue Carlos Andrés Pérez, también en su condición de colombiano cucuteño, se bailó la cláusula de la “reversión” de la industria petrolera venezolana, que ya había sido establecida en los contratos entre las contratistas extranjeras que operaban como les daba la gana en el país, y el estado venezolano.
La cláusula de la REVERSIÓN establecía que en el año 1982, con el simple pago de un solo dólar americano, todos los operadores de hidrocarburos extranjeros que hacían explotación en Venezuela entregarían, traspasarían, sus activos de producción a la nación. La nacionalización automática de la industria fue un poderoso logro, hoy olvidado.
Pérez, que con toda seguridad estuvo muy arreglado con las operadores extranjeras, introdujo la ley de nacionalización petrolera a destiempo. Puso a pagar a la República miles de millones de petrodólares nuevos, a cambio de una infraestructura petrolera obsoleta y con acelerado deterioro. Buen negocio para las operadoras extranjeras: ¿qué sentido tendría para ellas entonces renovar equipos, tanques, taladros y tuberías si en 1982 las tendrían que reversar, devolver, al Estado venezolano?
Pérez jugó adelantado a cuenta del superchorro de petrodólares que le entraron al país como consecuencia del aumento de los precios del crudo, luego del embargo del mundo árabe tras la Guerra del Yom Kippur con el estado de Israel y de la revisión mundial de los precios de la energía. Pero: ¡Que cada quien crea lo que quiera!
Yo no juzgué a Pérez: lo hizo la Corte Suprema de Justicia en su momento y lo consideró culpable apenas de un pequeño desliz de corrupción con dineros de la partida secreta de la Presidencia y el rollo de montarle un anillo de seguridad y protección a la recién electa presidenta de Nicaragua, la señora Violeta de Chamorro, con policías adecos de la calaña de Freddy Bernal. Hoy, por cierto, ¡bien rojo-rojito! Las demás travesuras que hizo Carlos Andrés Pérez se las llevó a la tumba junto con sus secuaces.
Ojalá que llegue esto que estoy contando a oídos del presidente Trump. Porque por la nacionalización de nuestra industria petrolera no le debemos nada a Norteamérica, ni tampoco a ninguna empresa norteamericana, ni de ningún otro lado. Es más, le pagamos cientos de millones de dólares por hierros viejos y equipos oxidados en vez de recibirlos en 1982 a un dólar simbólico, si el Estado venezolano se hubiese esperado ocho años.
En ese momento ¡las compañías fueron las grandes beneficiadas! Lo de Chávez y sus delincuenciales “exprópiese” sí que fueron otra cosa. ¡Aquello fue cobro de peaje en escalera de barrio!
Y estamos completamente de acuerdo con la Casa Blanca: se debe dar cuenta de todo el daño que el régimen hizo a las compañías que fueron confiscadas y a las cuales no les reconocieron ni un solo centavo.
Aquello no fue ninguna expropiación, aquello fue un atraco a mano armada. En ese asunto, las empresas norteamericanas y del resto del mundo que faenaban en nuestro país en el negocio petrolero, sí que fueron robadas. ¡Pero hay que decir las cosas como son!
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