Opinión

El Cisne Negro: Enemigo de la lógica clásica

Alfredo Rafael Mosqueda* / Venezuela RED Informativa.us

Factores aparentemente inofensivos y ajenos al plan como el clima, suelen ser infravalorados por la lógica clásica. ¿No fue acaso este elemento el que influyó en la derrota de Napoleón Bonaparte en la batalla de Waterloo? Desde estos hechos históricos se perfila el paradójico “Cisne Negro”, proyectado y desarrollado en la “teoría de los eventos” por el ensayista y analista de riesgos, Nassim Nicholas Taleb. Se refiere a aquello que somos incapaces de predecir cuando la realidad se impone bajo condiciones de impredecibilidad. Tan sorpresivo que traspasa toda expectativa imaginable, manifestándose en lo inaudito que confunde y aturde. Según el autor, es «Distorsión que se alimenta de un sesgo que nos empuja a sobrestimar el valor de las explicaciones racionales y los datos, a la vez que subestimamos la importancia de la aleatoriedad inexplicable de su esencia. Existe una base genética y filosófica para entender lo mal preparado que estamos los humanos cuando enfrentamos la incertidumbre y la aleatoriedad».

Desde esta fragilidad cognitiva, seguimos profundamente influidos por la ancestral receta de preferir las teorías estructuradas, ordinarias y comprensibles como conocimiento estable y metodológico, a las desordenadas y provocadas por el paradigma de la complejidad que exige un enfoque moderno con racionalidad múltiple o científica, quien termina alterando el estado natural de las cosas. Con lo que debemos adoptar una visión más amplia que nos permita aceptar la complejidad como lo más destacable, situando la simplicidad como el verdadero enemigo. Es la génesis de ser cautivados por la opción de hacerles frente a los modelos con manuales o fórmulas, rechazando aquello que no está etiquetado o que resulta desconocido, lo más resistido por las mentes amaestradas. Tal comportamiento nos conecta con la inamovible razón de ser convencionales por naturaleza, marcados por el carácter de
resistirnos al pensamiento creativo, el mismo que va más allá de lo obvio con la pretensión de aportar una nueva perspectiva o solución.

En coherencia con esta resistencia al pensamiento no convencional, el cisne negro no sólo simboliza la metáfora que describe un hecho sorpresivo para el observador, -factor sorpresa-.

También es considerado un fenómeno de gran efecto socioeconómico y político que alcanza a transformar la sociedad. Emergiendo éste en un volátil escenario que se configura en el impacto de lo extremadamente improbable, aquello que se juzga como inmedible, por su carácter anómalo, ese dato no planificado, fuera de estadística y sustentado en la incertidumbre dura, una sensación no vivida que nos conduce con frialdad a una cámara de niebla en complicidad con la cortina de ruido que no nos permite visualizar ni oír la realidad que tenemos frente a nosotros, quedando obligados a lidiar con  incertezas y variables ocultas. En tal sentido, esta rareza de sucesos -que irrumpe cuando menos lo esperamos-, nos involucra en estos inabordables problemas donde las inevadibles circunstancias desplanifican casi todo lo que tenemos en nuestro mapa cognitivo.

Bajo esta exclusiva comprensión, el cisne negro aplicado a la planificación estratégica situacional –PES-, superior a la planificación estratégica corporativa, como teoría general de la acción política, lleva el didáctico propósito de superar la realidad compleja y dinámica transformando posiciones desfavorables en escenarios deseados que determinan el futuro. De modo que se ubica en una categoría contextual sometida a reglas ambiguas y constantemente cambiantes contenida en todo momento por la influencia de elementos ajenos a todo cálculo.

Implicando de tal manera, la exigente preparación para esos eventos que no están dentro del análisis situacional o los extendidos más allá del papel, evaluándose el objetivo estratégico de poder lidiar con entornos atípicos o adversos, disminuyendo en lo posible el secreto y la rapidez con que suceden los sobrevenidos acontecimientos.

Esta precisión estratégica encuentra un complemento directo en la “Fricción”, recurso inherente a la naturaleza de la guerra, del estratega y teórico militar prusiano, Karl Von Clausewitz. El cual acumula expectación, caos y error humano. Haciendo que la realidad difiera de lo planificado. En una dibujada definición, es la dificultad real que aparece en el momento de la acción práctica, donde distingue con simplicidad ontológica, lo que queremos que suceda de lo que realmente sucede. Por lo que nunca se debe estar seguro de lo que planificamos. Donde de inmediato aparece la pregunta que desafía el razonamiento, entonces, ¿para qué planificamos? Pese al fantasma de la incertidumbre no debemos dejar de hacerlo, porque no se trata del plan en sí, sino del tiempo que le dedicamos. En esa medida estaremos, aunque nunca del todo, preparados para reaccionar ante los fundamentos circunstanciales, del ¿cómo, cuándo, dónde y el por qué? de los inmanejables imprevistos.
 
Este recorrido conceptual culmina en la noción de la “Antifragilidad”, término acuñado, por Nassim Nicholas Taleb en su libro “Antifrágil: cosas que se benefician del desorden”. Quien la define como “La capacidad de algo para prosperar a partir de la incertidumbre, el desorden, la volatilidad de los escenarios y el estrés”. En modo concluyente, algo antifrágil es lo que se beneficia del caos, la aleatoriedad y la variación circunstancial. Pruebas que la condición humana tiende a rechazar, aun cuando de ello proviene la cierta posibilidad de un evolutivo e inevitable crecimiento situacional.

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