¡Nada que lamentar!


Para entendernos correctamente: el régimen que controla todos los hilos institucionales y de los poderes en Venezuela es hampa. Así, facilito: ¡Hampa común!
Hampa común y corriente disfrazada de gobierno a cuenta de trácalas e ilícitos electorales de todo tipo y colores, para atornillar al poder a un grupo de mafiosos y a sus amigos al estado.
Así lo definieron y lo diseñaron Fidel Castro y Hugo Chávez. Y ya se sabe lo “torcido”, lo “sin normas ni controles” es más sabroso que el carajo. “Eso” es el verdadero y autentico legado de ese par de comandantes. Aparte, la impronta de nuestros ancestros españoles está lamentablemente bien metida en la cadena del ADN del venezolano.
Llevamos más de dos siglos tratando de limpiarnos la raza de encima, pero no ha habido maneras. Pronto tendremos otra oportunidad más para intentar ser mejores.
¡Esta vez espero que no la volvamos a desaprovechar! Pero, por ahora, y lo que hay es hampa política en Venezuela.
De manera que no hay nada que lamentar con una “extracción quirúrgica” de los pandilleros que manejan Miraflores, Fuerte Tiuna y alguna que otra locación más que a bien tengan en vaciar de cucarachas los caballeros que están dando vueltas por el Mar Caribe a la espera del “mejor momento”.
Por cierto, a veces, las remembranzas históricas van de palo, como suelen decir los caraqueños.
Cipriano Castro no era un santo, Él, Vargas Vila y cuatro o cinco “influencers” de finales del siglo XIX construyeron una narrativa muy adornada de patriotismo con el asunto del bloqueo de las costas del país por una flota conjunta de ingleses, alemanes e italianos que fueron a cobrar deudas amontonadas.
Pero con su tan cacareada proclama, por ejemplo, se olvida adrede del paseo al cual aquella dictadura obligó a los banqueros caraqueños, con grillos en las manos, a marchas en filita india hacia la Estación de Caño Amarillo. De ahí a La Guaira, con destino final al infierno del Castillo de San Carlos en la Barra del Lago de Maracaibo.
Todo ello por no concederle al régimen de don Cipriano Castro un préstamo para que los andinos, recién llegados al poder, se lo robaran. Al final, “los insolentes”, los de las plantas, que les dieron bien duro a las costas de La Guaira y de Puerto Cabello, terminaron tomando posesión de todas las aduanas del país, manejadas por los “picaros belgas”, para cobrarse las deudas arrastradas, algunas ciertas o tras falsas, que venían rodando desde 1810.
Los banqueros ingleses, alemanes e italianos reclamaban 350 millones de bolívares correspondientes a la deudas de la Independencia, los ferrocarriles y deudas diplomáticas pero, el abogado venezolano graduado en La Sorbona de París y con el apoyo del gobierno de Estados Unidos probaron la falsedad del monto reclamado demostrando que la deuda era 151 millones de bolívares. Por cierto, a lo largo de ese siglo hasta la entrada de la llamada IV Republica los gobierno de AD y COPEI adquirieron deuda externas, la mayoría ilegales.
Hoy nuevamente, la clase política que lleva 26 años ilegalmente manejando al país, también tiene deudas. Deudas pendiente con la sociedad, con la juventud, con las instituciones, con la violencia y con la destrucción de los tejidos institucionales de muchos lugares; pero en especial de los Estados Unidos de Norteamérica, donde han terminado las drogas que ellos producen y trafican hacia sus calles.
En la llamada IV Republica los morochos de AD y COPEI endeudaron a los venezolanos y aceptaron en las negociaciones con los bancos internacionales una deuda por 33 mil millones de dólares, cuando la deuda legal era solo de 11 mil millones de dólares, y cancelamos 40 mil millones de dólares, Lo mas grave es que Hugo Chávez se negó en la Constituyente a resolverla, teniendo en su poder toda la documentación y toda una estrategia para resolverla.
Hay que hacer justicia y llevarse a todos esos hampones del país para que rindan cuentas a la justicia, Venezuela debe retomar el camino de la verdadera democracia. Una ruta que aquellos hampones cortaron y bloquearon para poder seguir robándose todos los recursos de nuestro país y de paso hacer todo un daño increíble a través del tráfico de sus venenos “Hechos en Revolución”.
Por eso Venezuela: no hay nada que lamentar. Hay mucho que celebrar más bien. Si tanto dijimos que “solos no podíamos” y alguien viene finalmente a iniciar el trabajo de ponerle los ganchos a tanto hampón. ¡Bendito sea Dios!
El resto, el trabajo, la recuperación social, institucional y política es un asunto que podemos manejar nosotros solos… Ojalá que siempre, por cierto, con vigilancia y acompañamiento de Dios, no vaya a ser que a alguien otra vez se le ocurra «ponerse Popy».
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