Opinión

Venezuela ¿Estado 51?: Si cae, no cayó sola, fue por la irresponsabilidad de una dirigencia que nunca estuvo a la altura

César Ojeda / Venezuela RED Informativa.us

El antecedente que pocos quieren recordar

John Bolton lo anticipó en 2020 en sus memorias: Trump ya veía a Venezuela como algo que Estados Unidos “debía quedarse”.

Seis años después, el libro Regime Change de Maggie Haberman y Jonathan Swan (New York Times) confirma que la idea nunca desapareció.

Trump lo planteó en privado y lo llevó a lo público: en 2026 declaró en Fox News que consideraba seriamente convertir a Venezuela en el estado 51, y lo reforzó publicando en Truth Social un mapa del país pintado con la bandera estadounidense y la leyenda “51º State”. No es fantasía ni meme, es una señal clara.

Petróleo y geografía, no por cariño

Si Trump o cualquier potencia quiere quedarse con Venezuela, no es por amor a los venezolanos. Es por las mayores reservas petroleras del planeta y una ubicación estratégica envidiable en el Caribe. Quien piense que hay altruismo en esto, se engaña solo.

Una herencia de farsantes

Llegamos aquí no solo por el chavismo —treinta años de destrucción probada—, sino también por una oposición que, desde la Cuarta República, traficó con la esperanza sin entregar resultados concretos.

Los “alacranes” no son una anomalía: son la consecuencia lógica de décadas de farsa política disfrazada de resistencia.

El hambre de resultados de toda una generación

Millones de venezolanos, especialmente los más jóvenes, solo han conocido colapso, éxodo y corrupción. No es extraño que vean en una intervención externa (Estado 51) como la salida más realista. No es entreguismo: es desesperación acumulada y agotamiento de crédito moral de la dirigencia política venezolana.

Basta de circo: propuestas concretas

Esta semana Washington impulsó a Dinorah Figuera a reunirse con Jorge Rodríguez (del chavismo). Otra foto que muestra quién marca el ritmo, pero que distrae del fondo.

Si de verdad Estados Unidos busca estabilizar el país, lo sensato es empoderar a tecnócratas serios venezolanos, con suficiente autonomía en el poder ejecutivo y en el Banco Central de Venezuela —como Miguel Rodríguez Fandeo, Pedro Pablo Fernández entre otros profesionales de reconocida trayectoria—, trabajando en paralelo con las autoridades actuales en economía, inversión y reconstrucción.

Urgente también: el chavismo busca controlar el nuevo Tribunal Supremo y otras instituciones clave. En vez de tutelaje colonial puro, Estados Unidos debería presionar para que juristas independientes de trayectoria intachable —como el doctor Alberto Arteaga, Antonio José Marval Jiménez (TSJ en el exilio), Cecilia Sosa Gómez, Tamara Sujú entre otros constitucionalistas y penalistas de prestigio— asuman puestos clave en el Tribunal Supremo de Justicia y en la Fiscalía General de la República. Eso sí genera confianza, Estado de derecho y seguridad jurídica, tanto para los venezolanos como para los inversionistas que quieran apostar por el país. No más reacomodos.

Los venezolanos agradecemos a Estados Unidos que haya capturado y sacado del poder al tirano Maduro, pero la estabilización prometida aún no se siente en el pueblo común. La desesperación sigue siendo una herramienta peligrosa. Por eso urge que la tutela actual entregue resultados rápidos y palpables en economía, seguridad y justicia. Solo así Venezuela podrá convertirse en un aliado fuerte y voluntario de Estados Unidos, no un protectorado resentido.

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