El chavista Mario Silva sigue llorando por su grupo de escoltas

Glenda Romero / Venezuela RED Informativa.us
Mario Silva, quien salió desde los inicios del chavismo por el estatal Canal 8 insultando a todo el que no fuera afecto a la dizque revolución bonita, carga una lloradera de días pública y privada porque ahora le quitaron el numeroso séquito que lo cuidaba, mientras el resto del país padecía, no sólo de inseguridad, sino de hambre y miseria. Silva, confesó que le retiraron a su caravana de escoltas, que incluía motos y carros, día y noche, porque tiene miedo de que le ataquen, toda vez que el señor se dedicaba a ofender con vulgaridades a diestra y siniestra a todo el que le parecía.

«Muchos archivos han sido borrados de las redes, pero ha sido bastante», comentó, refiriendo que es objeto de una persecución. «Yo no soy el enemigo, camaradas, a mí me están considerando como enemigo, yo no soy enemigo. Yo no soy enemigo de nadie, yo simplemente ejerzo mi derecho a la opinión, mi derecho a tener voz. Yo no soy el enemigo, camaradas. Atacarme o quitarme la seguridad y dejarme expuesto no cambia nada del análisis que estoy obligado a exponer por el pueblo y por la revolución, ». «Nosotros, repetimos, no somos enemigos, somos más bien los que queremos enormemente defender la revolución bolivariana. La crítica y la autocrítica están destinadas a tratar de rectificar lo que haya que rectificar y apartar lo que haya que apartar»,

El magnate socialista y ex conductor del programa chavista de televisión “La Hojilla”, además de dedicarse a viajar por el mundo y vivir sus excentricidades, tiene una fortaleza que el denomina su “Base de Operaciones” localizada en los terrenos lindantes a su casa original en el kilómetro 13 de El Junquito, donde PDVSA pagó en los Estados Unidos los equipos de la televisora que su equipo montó en este lugar para transmitir “La Hojilla” desde estas instalaciones montó los estudios, ya que no siempre transmitía su programa desde VTV en la urbanización Los Ruices, sitio oficial de la televisora del Gobierno, por miedo a que le atacaran físicamente.

A Silva le veían comiendo en restaurantes lujosos de Caracas con su grupo de guardaespaldas, que sumaba un total de 52 hombres, quienes ejercían turnos de 24 x 48 horas contando para desplazarse 30 motos de alta cilindrada, doce camionetas blindadas con sus respectivas armas de guerra. Como si todo esto fuera poco, Mario Silva viajaba con frecuencia, alrededor del mundo, en un avión de la estatal PDVSA junto sus asistentes de producción, escoltas, camarógrafos y fotógrafos, con todos los gastos de consumo pagados con dinero del Estado.





